
Finalmente
lo llamé. Seguía abrumado por el llanto repentino de Armando. Estaba tan
arrepentido de burlarme de él.
Cuando
escuché la voz del Licenciado, me llené de valor, y le dije que era Johnny, el bagger
del supermercado. Me invitó a su apartamento a tomar vino. Como era cerca de mi
casa, me fuí a pie.
En el
camino, empecé a buscar excusas para no hacer lo inevitable. Caminaba hacia un
nuevo yo. Dejaba atrás todas las dudas que Armando aclaró.
Cuando
me abrió la puerta, me sorprendió la masculinidad de ese apartamento. No sé que
esperaba, pero no el escondite de un recién divorciado con un hijo casi de mi
edad.
Lleno
de libros y de cientos de discos de pasta de música clásica me recibió con un
sólido saludo, que siempre he repetido. No sé que aria tenía puesta, pero la
quitó por la cara que puse. De entrada le dije que no me gustaba la música
clásica. Puso algo de jazz.
Trajo
el vino y las copas. Me preguntó por mí y por mi familia. Me dijo que acababa
de divorciarse, y que su ex esposa y su hijo se habian mudado para Estados
Unidos.
No
recuerdo cuánto tiempo hablamos. Se hizo de noche. Hablamos de nosotros, si
mencionar nada de sexo. Algo mareado por el vino le dije que me iba. Al
levantarme me dijo que regresara para cualquier cosa, entre ellas para ver
películas pornográficas.
Era lo
que esperaba y por fin se había lanzado. Le pregunté de qué tipo. El me
contestó de la que él creía que yo quería ver. También me lancé y le dije que
la quería ver en ese momento.
Me
invitó a su cuarto, sin tocarme. Me enseñó su colección de videos de películas pornográficas.
Me preguntó de qué tipo quería ver. Le dije de hombres.
Puso
una película de porno gay. Una escena donde un macho se estaba clavando
salvajemente a otro sobre una mesa. Se me puso el bicho bien duro. Siguiendo mi
instinto, me bajé los pantalones y empecé a jugar con mi pinga.
El
Licenciado miraba fijamente mi bicho sin atreverse a tocarme. Le tomé la mano y
se la puse en mi bicho que me latía bien cabrón. No le tuve que pedir que me lo
mamara como se lo pedí a mi primo mi primera vez.
Yo
miraba la película y la cara de pervertido criminal en que se habia
transformado el Licenciado. La misma cara que le vería tantas veces después,
cuando fué presentándome, uno a uno, a todos sus amantes straights.
Me
guió. Me puso el condón, el bicho en su culo y apagó el televisor con el
control remoto.

Miré
la tarjeta ciento de veces. Sabía que después de esa llamada, no habría vuelta
hacia atrás.
Hasta ese
momento lo único que había hecho con otro hombre eran las mamadas de pinga con
uno de mis primos. Luis es mi primo favorito, por nuestro gran parecido físico,
por lo hijeputa que es y por sus 9 pulgadas de bicho.
No sé
como empezó la jodienda entre nosotros. A veces tengo el vago recuerdo de que
hemos metido mano desde chiquitos. No sé si fueron sucesos reales o fantasías.
En
nuestros dieciochos, porque tenemos hasta la misma edad, nos dió por aparentar
ser hermanos gemelos. Yo usaba su apellido con sus amigos y él mi apellido con
mis amigos. No sé si nos creían nuestros amigos, pero el juego nos acercó más
de lo debido. Recuerdo la celebración de uno de nuestros panas que se graduaba
de cuarto año. Nos fuimos todos al Black Angus a ver quien se atrevía a subir a
los cuartos. Subimos sólo mi primo y yo.
Luis
empezó a quedarse mas a menudo en mi casa. Era normal que lo hiciera, pero no
con tanta frecuencia. Una de esas tardes en mi casa me dijo que tenía 9
pulgadas de bicho. Le dije embustero, empezó a rozarse el huevo y al poco rato
se agarró el bulto medio mongo que tenía en los pantalones. La marca de ese
bicho me dejó loco. Le dije, tragando saliva, que se lo sacara.
Se
sacó la pinga, ya dura, sólida y gorda, uncut como la mía, pero blanca. Le
enseñé mi pinga y nos dimos cuenta, que no éramos tan gemelos ná.
De ahí
pasamos a ver, de vez en cuando, películas pornográficas. Viendo una mala copia
de Taboo nos jalamos nuestra primera puñeta juntos. Una mañana que Luis se
quedó en casa, mientras me preparaba para ir a la universidad, pasé por el
cuarto donde dormía y ví que estaba bien despierto, jalándose una. Me susurró
que estaba bien bellaco y le dije que viniera a mi cuarto.
Solos
en mi cuarto, con la puerta cerrada, me bajé los pantalones y empecé a casquetearme.
Luis tenía ese bicho bien encendido. Cada vez que veía ese tronco de bicho,
admiraba más a mi primo. Por razón tenía a tantas nenas locas. Mientras nos
pajeamos, le pedí a Luis que me lo mamara. El me dijo que lo haría si yo le
mamaba el suyo. Le dije que sí.
Luis
se arrodilló frente a mí y se metió mi bicho en su boca. No lo podía creer, ese
hijeputa que todos le teníamos miedo, mamándome el bicho, tragándoselo
completo. Se paró y trató de meter su pinga en mi boca. Le dije que no,
asustado, arrepentido. Me dijo que no le saliera con eso, que él ya me lo mamó.
Le
agarré la pinga, caliente, sólida, hermosa. Pasé la lengua por la punta y me
gustó el sabor. Poco a poco seguí mamándoselo. Nos acostamos en la cama y nos
acomodamos en un 69. Estuvimos un largo rato mamando bicho.
Ese
día sólo quería regresar a casa. Sabía que Luis me esperaría. No recuerdo que
excusa usamos para encerrarnos en mi cuarto, pero repetimos esa tarde y muchas
otras tardes más. Hace tiempo que no veo a Luis. Se casó y se mudó para
Orlando.
La
última vez que lo ví, Luis había aumentado como 60 libras, y ya no parecía mi
gemelo, si acaso mi padre. Las pocas veces que hemos hablado, nunca preguntamos
por nuestros bichos.
A
veces tengo el vago recuerdo de esas tardes mamándole la pingota a mi primo. No
sé si fueron sucesos reales o fantasías.
Me
había aprendido el número de teléfono de memoria. El Licenciado me gustaba
demasiado. De cuarenta y dos años, casi el doble de mi edad, guapo y elegante,
sabio y atrevido, era demasiada tentación para mí. Ya no me conformaba con
mamar bicho.
Yo
quería comerle el culo.

Olvidé
su cumpleaños. También el de Paula. La
llamé al celular, pero no me contestó.
No sé
nada de Paula desde hace par de semanas que cambió de trabajo. Lo último que me
dijo fué que su jefe nuevo estaba bien rico.
Buscando
el teléfono de Paula en mi celular, ví el número de Carmen. Aún no lo he
borrado. No puedo. A pesar de haberme despedido de sus cenizas, no me puedo
despedir de su número de teléfono.
Carmen
era una compañera de trabajo que se retiró debido a su enfermedad. Mientras
trabajó conmigo, se convirtió en mi mentora. Gracias a su guía, supe
sobrellevar un repentino ascenso con aplomo. También, gracias a esa guía, nos
convertimos en grandes amigos. Creo que fuí en su vida, un nuevo hijo.
Aún en
su retiro, no perdimos contacto. Casi a diario me llamaba o yo la llamaba, para
ponerla al día con la rutina de la oficina. Sabía que a pesar de ese retiro
forzoso, su deseo era seguir allí con nosotros en la brega cambiante de nuestro
trabajo. Se inventaba cualquier tontería para hacerme parte de sus cosas.
Lo que
yo me inventé fué una fortaleza de cuerpo y espíritu, que lo podía vencer todo.
Hace poco, en una noche solita en el hospital, la muerte venció finalmente el
cuerpecito débil de Carmen. Luego aprendí, que la muerte no vence al espíritu,
porque Carmen se despidió de mí con un beso.
Olvidé
el cumpleaños de Armando. Armando mismo me lo recordó. Me encontré con él,
luego de varias semanas, luego de no haber sido invitado a la boda de Marta.
Marta,
la prima, que conocí primero que a él, la que nos presentó, la que me consideraba
como parte de su familia. Jamás fuí invitado a su boda, ni por ella ni por
Armando.
Me
enteré de su boda por el padrino, Armando, que con toda la intención, me lo
ocultó, para restregármelo después. Para que supiera de una vez y por todas,
que yo no era parte de él ni de su familia. No me sentí rechazado, hasta que mi
propia madre, al yo contárselo, ofendida me pidió, que me olvidara de todos
ellos. Desde entonces, Mami no me ha vuelto a preguntar por Armando, que
siempre lo ha considerado como un hijo más.
Sé que
algun día borraré el número de teléfono de Carmen de mi celular. Mientras tanto
me gusta ver su nombre entre la lista de mis contactos. En esa lista no está el
teléfono de Armando. He inventado tantas cosas para que no sea parte de mi vida.
Pero lo es.
No
puedo justificar nuestros continuos encuentros. Pronto se cumple un año de el
regreso de Armando en mi vida. Un regreso provocado por asuntos de su trabajo.
He modificado muchas cosas de mi diario vivir para evitar verlo. Pero como siempre,
nuestras vidas nos guía para encontrarnos.
Anoche
hablamos. Anoche nuestras almas se volvieron a besar. Se permite olvidar.

Ivette
es la mejor amiga de Carol. Era una rampletera del carajo. Como a la mayoría de
los cazadores, con el tiempo a perdido el ojo, y ha caído de pendeja en varias
relaciones.
Primero
le dío con meterse con chamaquitos. Botó la pelota con el chamaquito de Ponce
que todavía vivía con su mamá. Pero de ahí pasó con Andújar, un viejo de
mierda, que lo primero que hizo fué meterse a vivir a su apartamento. Ahí se
instaló sin pagarle nada a Ivette, porque la porquería de sueldo que se ganaba,
la tenía que pagar en pensiones.
Viendo
el caso de Ivette y de los matrimuertos de Robles, me pregunto donde está el
compromiso en este país. Desde San Valentín, que Robles no me llamó por estar
con sus mariconerías con el noviecito de turno, ya le he conocido a tres
matrimuertos más.
Los
matrimuertos son los noviazgos que brotan de la nada, en la vida diaria de
Robles. Robles es el eterno enamorado en la búsqueda de su eterno amor.
Mientras aparece, se chinga todo lo que puede. Lo malo con la caballota es que
mientras más bicho coge, más bellaco se pone. Me encanta cuando me llama para
contarme lo que se ha chingado y me dice que es una cosa del demonio y que
quiere más.
Así me
imagino que estaba Ivette, en la búsqueda de un amor eterno. Aún no me explico,
cómo en esa búsqueda conoció a este viejo vividor. La cosa se puso fea cuando
Carol recibió la noticia de que Ivette se casaría con Andújar.
Nos
quedamos petrificados, preguntándonos como esa hijeputa de Ivette, que se comía
los nenes crudos, se casaría con ese elemento.
Le
dije a Carol que lo más seguro el viejo tenía una clase de maceta que la tenía
ciega. Me preguntó porqué yo pensaba eso. Le dije que habia visto a muchos
maricones aguantar puños y patadas por una buena pinga. También le dije que con
las mujeres la cosa debería ser peor por el punto G, que gracias a Dios los
maricones no lo tienen. Que me imaginaba que por el dichoso puntito, las
mujeres no tan sólo aguantarían puños y patadas, hasta hambre pasarían por una
buena maceta.
Me
mandó pal carajo. Yo simplemente le dije que la única forma de evitar esa boda
era con otro buen bicho.
Carol
me dijo que definitivamente había que impedir esa boda. Le hice una llamadita a
Polanco, mi policía favorito bellacón y le dije todo lo que estaba pasando. Le
dije que yo le iba acomodar a Ivette y que él se encargara del resto, que eso
era un polvo seguro. Me preguntó si Ivette estaba buena. Le contesté que no tan
sólo Ivette estaba buena, que con sus tetas se podía hacer una puñeta rusa
cabrona.
Tan
pronto llegué a mi apartamento me conecté al internet. Me metí en el ICQ, a
esperar que se conectara
Ella
me preguntó que si mi pana era straight, y yo que sí, que yo lo he fajado y no
me hace caso, que tengo su número de teléfono, que lo puedo llamar. Ella media
dudosa, me dice que lo llame a ver lo que dice, yo le digo que sí, que voy a
llamar a ese bellaco, que el bellaco me dijo que iba a todas y que le diera su
número a mi amiguita para que lo llamara.
Le envié
a
Al
otro día, recibí las llamadas tanto de Polanco como de Ivette, para contarme lo
que había pasado la noche anterior. Luego de recopilar las versiones y de
investigar los hechos, todo parece indicar que la sospechosa le hizo una
llamada al uniformado, se citaron para verse y terminaron chingando en un
motel.
No sé
cómo Polanco se la clavó, si hizo la puñeta rusa, pero la boda de ella se
canceló. Sé que Ivette y Polanco salieron por un tiempo, a chingar mayormente.
Con el
tiempo, Ivette reanudó sus estudios de la maestría y montó un negocio. Sigue
con sus relaciones estrambóticas. Supe que el último se le escapó a Santo
Domingo un fin de semana completo, con su dinero. Ya le dije a Carol que si
pensaba casarse con ese, que por mi parte, que se jodiera.

Puedo
contar con los dedos de una mano, los hombres importantes en mi vida. Me
refiero de los que me he chingado. He llegado a la conclusión, después de tanto
millaje, que los hombres no valemos ná.
Así
mis mujeres engañadas, no desperdicien su juventud ni los jugos de su toto, por
ningún macho. Se lo dice un macho que tiene como costumbre, jamás repetir con
otro macho, porque no vale la pena.
Tengo
mis excepciones. Una de ellas, es Enrique. Mis repeticiones con Enrique son
puramente sexuales. Hemos repetido desde hace ocho años, cada vez que le pica
el culo, que no es muy a menudo. A pesar de todo ese tiempo, supe desde el
principio, que ese no era su verdadero nombre. Hasta el sol de hoy, no sé su
nombre. En mi vida, es simplemente un Enrique. No sé a que se dedica, no sé su
apellido, a propósito, nunca me he memorizado sus números de teléfonos.
Tuve
que ir a un adiestramiento a Boston sobre un programa de auditoría, para luego
hacer un inventario de las computadoras, printers, faxes,
escritorios hasta los gabinetes de mi oficina. Robles me aconsejó que me
inscribiera en un site en el internet y que entrara a la sala de Boston para
conectarme con algo allá.
Con lo
que me conecté fué con un frío hijeputa. El dichoso adiestramiento era hacer el
inventario de todo un piso de las oficinas centrales de Boston.
Boston
lo conocí de reojo, disfruté algo del Downtown. La parte histórica, no
sé porqué, me recordó mucho al Viejo San Juan. Quedé bruto con la línea roja en
las calles que te guiaba a los puntos importantes de la vieja ciudad.
Fuí a
ver un barco, creo que el Constitution, en plena bahía, adornado con
luces, con unas velas espectaculares. Realmente una vista hermosa, sobretodo de
noche. Caminé por Boston como todo un experto. Me encargué de averiguar como
llegar a la oficina en tren desde mi hotel, y cuando se enteraron de mi
atrevimiento, me trataron con el respeto de los que llegan a los sitios a
tumbar cabezas.
A mi
regreso a Puerto Rico, tenía un mensaje en el site que me recomendó Robles. No
era de un bostoniano, mas bien de un boricua. Se describía como un tipo
straight buscando un macho varonil. Le contesté el mensaje y al poco tiempo nos
citamos en un local de la 65.
Cuando
lo ví, no lo podía creer. Enrique es el hombre más bello y masculino que he
conocido. Me quitó la venda que tenía con Armando, que hasta ese momento nadie
lo superaba en belleza para mí. Pensé que al verme daría la media vuelta y se
iría. Para mi sorpresa me pidió que lo siguiera.
Llegamos
a su casa, una cueva de macho sin sentido de decoración y con la cocina repleta
de botellas de alcohol. Me ofreció un trago y le dije que me diera algo fuerte.
Nos sentamos en la sala a beber ginebra, apenas sin cruzar palabras. Me gustaba
mucho, sobretodo su hombría y su parquedad.
Sin
palabras, comencé a bajarle los mahones y le quité la camisa. Lo dejé en
calzoncillos y ví como se le marcaba el bicho, de lo parao que lo tenía. Me
paré frente a él para disfrutarme su belleza. Su pelo negro lacio sin estilo,
su tez blanca, completamente lampiño, sus ojos color verde aquamarina de Crash
Boat, su cuerpo sin marcas de pesas, pero tonificado por ser simplemente
hombre. Ahí estaba mi puerta al paraíso.
Fuí
quitándome la ropa, poco a poco, mientras me tomaba mi trago. El se bajó los
calzoncillos para enseñarme su pinga, blanca, derechita, cut,
sequecita como me gustan, igual de grande como la mía.
Completamente
desnudo frente a él, ví como sus ojos se enfocaban en los pelos de mi cuerpo.
Se embriagó de ellos. Me agarró por mis nalgas y me acercó a su cara, para oler
mi cuerpo y restregar su quijada por los vellos de mis muslos y de mi pinga.
Borracho de alcohol y pelos, me confesó que su novia se afeitaba la crica. Me
dijo que lo enloquecía mi piel y todos mis pelos, sobretodo los del bicho.
Le
agarré la pinga y le enseñé como un macho de verdad mama bicho. Vi como se
retorcía de placer y descubrí un punto donde apenas podía aguantarse. Lo puse a
mamar y me mamó el bicho, mi cintura, mis muslos, mis nalgas, mis dedos cada
área de mi piel que tenía pelos.
Esa
noche no se dejó clavar. Me lo clavé la tercera vez que me llamó. Nos besamos
por primera vez, años después. Hace como seis meses que no me llama. Ya le debe
estar picando el culo.

Llegué
a los baños temblando del miedo. Robles me había hablado tanto de ese club
privado en Fort Lauderdale, que fué la principal razón por la que me aventuré a
ese viaje a Miami.
Ese
primer viaje juntos fué un sueño. Todo nos salió perfecto. Disfrutamos como
reyes, todo a muy buen precio. Por más que hemos tratado de repetir lo que
vivimos en esa travesía, siempre nos quedamos corto y nos sale más caro.
Con
las manos temblorosos, entregué mi identificación al cajero de la entrada. A
cambio me entregaron una toalla y la llave de mi cuarto. Antes de seguir,
Robles me advirtió, que si algo me pasaba por estar brincando sin protegerme en
los baños, que no le echara la culpa. Yo le contesté que yo no estaba allí por
él, estaba porque así yo lo quería.
Al
entrar, tropecé con este muchacho, como de mi estatura, blanco de ojos claros.
Se sonrió conmigo y le dije a Robles que ese era mi plan A. El me contestó “relax,
que acabamos de entrar”. Nos separamos a buscar nuestros cuartos en esos
pasillos medios oscuros.
Caminando
por los pasillos iba inspeccionando los cuartos a ver lo que había. Sentía mis
piernas como maracas y me decía “puñeta esto no va a ser tan fácil como me
creía“. Ya me veía saliendo de allí, chillando como perro asustao.
Miami
es un paraíso sexual, al menos así lo creo. Es una ciudad turísticamente
enfocada a la adoración del cuerpo. Lo más importante, hay cantidad y mucha
calidad, para todos los gustos. Hasta los albañiles están ricos.
De
Miami a Fort Lauderdale son como 30 minutos en carro. En el trayecto Robles me
explicaba como trabajar los mostros en el club. Me dijo que no se iba
a comer mierda, que el punto eran las duchas, que allí enseñara maceta, que me
llevara condones a mi cuarto y el lubricante, y lo mas importante, que cada
cual trabajara por su cuenta. Me advirtió que no lo siguiera.
Robles
y yo nos reencontramos en las duchas, ya sin ropa y con nuestras toallitas
blancas. Me puse el llavero de mi cuarto en mi brazo sobre el mollerito
simulando un brazalete con cascabel.
Nos
quitamos la toalla y nos fuimos a bañar en las duchas rodeadas de paredes de
cristal, en el mismo medio del local. Alli estaba yo, bañándome de la manera
mas sensual que podía, haciendo sonar el cascabel de dos bolas prietas. Parece
que las soné bien, porque ya nos estaban ligando en la pecera.
Lo
primero que me cayó encima fué una mantaraya prieta, corpulanta, con una cara
de lujuria que me dijo que de allí no se iba hasta que yo le diera pinga. Yo le
reí la gracia y me estuvo persiguiendo las primeras dos horas hasta que me lo
tiré. Por algo tenía que empezar.
Pues
eso fué lo primero que me tiré en los baños, un local violeta de Fort
Lauderdale, musculoso, gigante, espectacular, que yo juraba, me iba a partir en
dos. Fué mi primer prieto. En los baños aprendí que los molletos no eran tan salvajes
como me lo pintaban, que abrían las patas como cualquier hijo de vecino.
También aprendí, que no todos los prietos son pingones.
Mientras yo perdía el tiempo rompiendo el hielo, Robles se había tirado a tres machos: un cubano guapísimo, un prieto que parecía un gato egipcio y un americano como de 7 pies. No puedo elegir quien estaba mejor, porque ese día la caballota se rankeó conmigo. De todas las veces que hemos jodío, ese ha sido su mejor día. Puedo dar fé que Robles terminó la caza tirándose a los seis machos más espectaculares que habían en el club esa tarde. Cogió bicho ese hijeputa.
Por mi
parte el miedo de primerizo me tenía paralizado. Hay que prepararse mentalmente
para la dinámica que se dá en un lugar como ese. Definitivamente, hay que tener
mucha seguridad en sí mismo, para no terminar en los cuartos con las puertas
abiertas esperando a que alguien entre a chingarte. Así ví a unos cuantos y
ninguno me motivaba a entrar a comer carne gratis, que lo más seguro estaba
decomisada.
En el
sauna me conecté al segundo, un americano bello, blanquito, velludo, que me lo
llevé al cuarto y le estuve dando pinga como dos horas. Ví con satisfacción
como después, recogió su ropa y se largó jartito. El culo le dejó de pedir
bicho.
Ese
día me tiré tres machos. El último, el más que me disfruté, fué mi plan A, el
que me recibió con una sonrisa. Les juro que era idéntico a Armando, lo único
más bajito. Con sus ojos azules, con su pelo negro, pero con acento venezolano.
Me llevó a su cuarto. Lo besé completo, lo acariciaba, mientras descubría lo
diferente que era a Armando. Hermosamente tierno, sumiso a mí, abierto a mí.
Lo
puse boca abajo y lo penetré mordiéndole la espalda. Le puse mis manos en sus
muslos para presionarlo hacia mi bicho, mientras lo ponía, poco a poco, en
cuatro, para agradecerle la bienvenida a puro macetazo.
Esa
noche celebramos en Twist mi primera cacería en los baños. Al otro día
regresamos. Me tiré a seis y Robles, uno. Desde ese día, soy yo él que le dice
a Robles, que no me persiga.

Lo
había visto varias veces en el supermercado. El día que me dió su tarjeta de
presentación, confirmé que estaba interesado en mí. No me molestó su interés en
mí, lo tomé bien normal, aunque no pensaba llamarlo.
Estaba
como a dos semestres de graduarme y había terminado con Leyda. Es irónico, pero
siendo novio de Leyda empecé a verme como un hombre que le gustaba otros
hombres.
Leyda
era perfecta. Rubia natural de ojos verdes, una brillante estudiante de
biología, con planes de meterse en el Army para completar su doctorado en
medicina. Como a Julia, la conocí en mi trabajo, aunque no en el mismo
supermercado.
Leyda
y Armando se odiaban a muerte. No entendía ese odio, hasta que Armando me
presentó a Karla, una chica con la que estaba saliendo, que comenzó a trabajar
con nosotros. No tan solo odié a Karla, estuve a punto de matarla, cuando le
dió con meterle cosas en la cabeza a Armando para que dejara mi amistad. Y eso
que no llegaron a ser novios.
En
sólo una ocasión salimos los cuatro, a un concierto, creo que de Air Supply. La
tal Karla me tenía bien encabronaíto y se le ha zafado una indirecta, de que yo
quería siempre acaparar el tiempo de Armando.
No
tuve ni que abrir la boca, porque Leyda barrió el piso con ella con todo lo que
le dijo. Que si Armando era el que siempre estaba metido entre nosotros, que si
ella no era suficiente mujer, que era una bochinchera pendeja. Armando y yo
tuvimos que separar a esas dos mujeres. Yo me fuí con Leyda a comprar cervezas
y nunca regresamos a nuestros asientos. Dejamos a Karla y Armando a pie y
tuvieron que regresar a sus casas en taxi.
Pocas
semanas despues de ese concierto, Leyda y yo terminamos. Armando estuvo molesto
conmigo por varias meses aunque lo veía casi todos los días en el trabajo. No
me hablaba, pero también le dejó de hablar a Karla, que terminó renunciando.
Jamás he vuelto a saber de ella.
El
dolor de esa separación me enseñó que yo no era suficiente hombre para Leyda,
que lo era para otro hombre. No pude amarla, porque Karla tenía razón. Yo
quería acaparar la vida de Armando.
Luego
que me dió la tarjeta, volví a ver al Licenciado la semana siguiente. El
procuraba siempre de pasar su compra por mi caja. En ese tiempo, trabajaba más
de cajero y en el diary, que de bagger. Me preguntó si se me había perdido su
tarjeta. Le dije que no, que simplemente no me atreví a llamarlo. Me contestó
que si me había dado su tarjeta, era para que yo lo llamara. Le prometí que lo
haría.
Esa
noche luego de varios meses de ignorarme, Armando fué a mi casa. Yo estaba en mi
cuarto viendo televisión. Me sorprendí al verlo, pero lo disimulé y le pregunté
de mala gana, qué quería. Me habló con su voz entrecortada, me dijo que sólo
quería verme y hablar conmigo.
Me
sorprendí al oirlo, pero me endurecí, tanto que se quebró en llantos. Lloró tan
desconsoladamente, que no supe qué hacer ni qué decir. Sólo me reí y me burlé
de él. Jamás volvió a llorar frente a mí.
Al
otro día llamé al Licenciado y por primera vez en mi vida, me chingué a un
macho.

Nunca
había visto tantos prietos juntos, como esa noche en Eros. Tampoco había visto
a Robles tan bellaco por tanta morcilla disponible.
Qué
puñeta estaba pasando en Eros, fué lo primero que nos preguntamos Robles y yo,
cuando vimos el reguero de flyers de música hip hop, a una
draga haciendo chistes de las guaguas de
Resulta
que esa noche una convensión de hombres afroamericanos gays habian separado la
discoteca para una actividad privada. Cómo carajos pasamos, fué lo segundo que
nos preguntamos Robles y yo, pero luego nos dimos cuenta, que habian varios
boricuas más y varias parejitas de turistas blancos.
Les
juro que nunca había visto a Robles tan feliz en su vida. No sabía por dónde
empezar. Yo le dije a Robles, luego de la primera tanda de tragos, que había
que dar una ronda de reconocimiento y averiguar que rayos era todo eso.
Averiguamos
que eran todos miembros de una asociación sin fines de lucro que se llamaba San Juan Brothas. Dizque los asociados
originales eran unos militares que se habian conocido en Vieques en el 1999, y
de ahí surgió la idea de venir todos los fines de semana de Memorial Day
a Puerto Rico. Hacen unas convensiones sobre temas de salud y varias
actividades para el disfrute de sus miembros.
Pués
en medio de 400 prietos estábamos Robles y yo, disfrutando de lo mejor de San
Juan Brothas 2004.
Luego
de la tercera tanda de palos y de bailar y de conocer como una veintena de
molletos de todos los tamaños, yo me puse bien sabrosito. Me fuí para la parte
de atrás de Eros, que estaba hardcore y no sé como terminé agarrando
una pinga de un boricua de Bayamón, que de prieto lo único que tenía era el
tronco de bicho.
Terminamos
los dos en una esquina de la disco, yo masturbándole el bicho y él jugando con
mi maceta. De repente, se nos acercaron dos parejas, todos blancos europeos,
que nos agarraron los huevos y se lo echaron en las bocas.
Ahí
estaba yo, arrinconado en plena discoteca Eros, semidesnudo con un desconocido
de Bayamón, cazando caras pálidas con nuestras varas, en una jungla de luces
con los hombres de ébanos mas bellos de Atlanta, Washington, New York y
California.
En un
momento de lucidez, ví lo que estaba haciendo. No sé a quién le quité el bicho
de la boca, pero me subí los pantalones y me metí en la pista a buscar a Robles.
Al mirar hacia atrás ví, como las carnes blancas se perdieron, buscando otras
varas, dejando la varota de Bayamón guindando por los pasillos de Eros. En el
camino, otro cara pálida me besó en los labios.
Encontré
a Robles en una danza frenética de Jay Z. No pude contar con cuántos prietos
bailaba, pero en el cuarto trago que nos pagaron, Robles me senaló al macho que
había que trabajar.
Un clase
de prieto como de 5′10″, cortao, fibroso con una cara y una piel de ángel. Yo
le dije a Robles “Pón a producir la mostra, mientras yo le doy maceta”.
Antes de terminar el cuarto trago, nos fuimos los tres en mi carro, al
apartamento de Robles.
Cuando
besé esa piel, el sabor que me dejó en los labios fué como de un néctar de una
fruta que nunca había probado, de un sabor bien rico. La pinga tenía el mismo
sabor, un bicho tan bello, igual de rico. Robles me mirada y me decía
maravillado, que ese era el prieto con la piel más hermosa que había visto.
No sé
si fué lo dulce del néctar de ese hombre, pero la nota se me subió bien cabrón.
Le dije a Robles que me tenía que ir, que estaba medio borracho. También que le
dejaba el paquete y que al otro día, me contara.
De
Robles no supe hasta cuatro días después, cuando no quedaba más morcillas
importadas en Puerto Rico. Me contó que la pasó de maravillas con Jefrey, el
ángel negro con sabor a néctar.
Al año
siguiente repetimos en el San Juan Brothas 2005.

Ese
fin de semana de Memorial Day y de mi cumpleaños número 37, por cosas
de la vida, no me fuí a Brasil con Carol y su mamá. Tampoco viajé a Universal
con George. Ya habia hecho el viaje en el crucero como mi gran regalito, pero
los planes eran, que ese cumpleaños, yo estaría en Downtown Disney viendo
Tuve
que inventarme un viaje relámpago a Fort Lauderdale con Robles. Tuve que viajar
un lunes y regresar a Puerto Rico el jueves. Ese viernes era mi cumpleaños. Lo
bueno de este viaje, que inventamos a última hora, fué que descubrimos el Elysium Resort.
Este
complejo enorme, cubre un bloque completo a pasos de la playa de Fort
Lauderdale. Nos sorprendió el trato tan amable de sus dueños Steve and Gary,
una pareja gay. Encantadores los dos. Las habitaciones son estudios con todas
las facilidades que te puedas imaginar. Elysium Resort nos pareció
sumamente acogedor y bello. Los jardines son sencillamente espectaculares.
Pero
lo que más nos gustó, fueron los machos que vimos. Y eso que estuvimos días de
semana. Cuando Robles y yo empezamos a ver a los holandeses, alemanes,
venezolanos y americanos, tuvimos que reestructurar todos nuestros planes y
poner a trabajar al animal.
Robles
y yo reservamos uno de los mejores estudios, frente a la mejor piscina de el resort.
Al dar las rondas nos dimos cuenta que el punto era el jacuzzi. Un jacuzzi como
de 20 pies de largo. Ese lunes, cancelamos los baños, salimos un ratito para Score
en South Beach y regresamos a las 11:00pm para hanguear por el jacuzzi.
A esa
hora nos encontramos con la pareja de holandeses, uno de ellos alto y bello,
nunca supimos a qué se dedicaba. El otro viejo y explotao, dentista de
profesión. Robles se había conectado con el más joven por la tarde, así que ya
tenía apuntao esa macetota que flotaba en el agua. También estaba en el jacuzzi
un americano de Ohio que se había mudado a
A las
12:00am llegaron dos parejas más, la del venezolano y el americano de
Washington y la pareja de Indianapolis. Estos fueron los machos que me volaron
la cabeza. Ambos eran como de 33 años, guapos y desde que me vieron, no pararon
de coquetearme. Luego llegaron tres machos más, todos americanos.
En un
momento dado todos coincidimos en el jacuzzi, todos desnudos menos yo. La
tensión sexual que había era tan brutal. Yo no sabía qué hacer, porque lo único
que me interesaba era llevarme la parejita de Indianapolis. Recuerdo que eché
mi cabeza hacia atras para mirar la luna llena y las estrellas. Parecía que
estaba viviendo un sueño, rodeado de 12 hombres desnudos, casi todos guapos,
con mi Cosmopolitan y el calorcito del agua, en una de las noches mas bellas de
mi vida.
Cuando
levanté mi cabeza, Robles le estaba mamando la pinga al holandés alto y guapo.
Robles se tragaba ese bicho completo con toda la intención de jodernos la
cabeza a todos. A mi lado tenía al otro holandés secreteando con el chamaco de
Atlanta y algo ya me decía, que esto iba a terminar mal.
La
pareja de el venezolano y el de Washington se salieron del jacuzzi y se
largaron para su habitación. Los siguieron los tres americanos.
El
dueño de la mueblería miraba como Robles jugaba con su lengua, con el boquetito
de la punta de la maceta del macho de los Países Bajos. En una esquina, la
pareja que me interesaba, hacian que no me miraban.
De
repente, el otro holandés se levantó con el nene de Atlanta, y le gritó a su
pareja que se iba. El tipo le sacó el bicho de la boca de Robles y como un
perro faldero, se fué detras de su dentista.
Me dió
un mal de risas histórico, mientras le decía a Robles, en español, que eso le
pasaba por puta. Robles no tuvo más remedio que reirse también, mientras me
decía en español que tarde o temprano se tiraba esa maceta. Al otro día, el
holandés se clavó a Robles en el sundeck.
Al
oirnos hablar en español, el dueño de la mueblería se largó pal carajo. Le dije
a Robles que me dejara solo con la pareja de Indianapolis. No sé donde se metió
Robles, pero esa noche no nos volvimos a ver.
Cuando
estuve sólo con la pareja que me gustaba, salí del jacuzzi y ahí fué que me
quité el traje de baño, al frente de los dos. Caminé hacia ellos y me senté en
el borde entre ellos. El más alto, el más que me gustaba, fué el primero que me
agarró la pinga y miraba a su pareja como pidiendo permiso. El le dijo en
inglés que lo hiciera, que lo queria ver mamando mi huge cock.
El
macho empezó mamando mis bolas, tratando de tragarse las dos a la vez. Entre
bola y bola miraba a su pareja. Encabronao me agarré el bicho y le metí la
punta en su boca para que dejara de jugar con mis bolas. Yo también empecé a
mirar su pareja y le pedí permiso para meterle el bicho completo en la boca.
Al
poco rato, el dueño de la mueblería regresó al jacuzzi. Le dije al que nos
velaba, que en mi habitación tenía condones. El le preguntó al otro si quería
que yo lo clavara. No se atrevió a contestar. Contesté por él. Nos fuimos a mi
cuarto, los tres desnudos.
En el
estudio, dejé que él de los permisos, diera las órdenes. No quería que me
pasara, lo que le pasó a Robles por comelón. Ví como el macho me acostaba al
tipo en la cama, le levantaba las piernas, para mamarle el culo. Me puse el
condón, porque sabía que en cualquier momento me darían permiso para clavarlo.
Así
fué. El tipo acostó a su pareja sobre su pecho y con los brazos, le aprisionó
las piernas. Me pidió que clavara a su macho con mi latin cock. Le dí
maceta suavecito primero, porque quería disfrutarme ese culito rico. Los dos
empezaron a besarme. Me entró una bellaquera hijeputa y maceteé ese macho,
hasta que el otro se vino tres veces, mirándonos.

Al
principio de mi amistad con Carol, ocurrió uno de los tantos reencuentros con
Armando. Hacía como cinco años que no lo veía, creo que desde el concierto de
Duran Duran en Bayamón.
No
recuerdo cómo fué ese reencuentro. No recuerdo si yo lo busqué o él me buscó.
Debo haberlo buscado. De algo estoy seguro, era mi turno.
Luego
de la primera vez que vi a Armando, coincidimos con mas frecuencia en el
supermercado. Contrario a su prima, era demasiado introvertido y huraño. Apenas
le hablaba. Me intimidaba su belleza. Parecía un dios griego, completamente
inconsciente de lo que provocaba a su alrededor.
De
ojos azules, enmarcados por las filas de pestañas más hermosas que pueda tener
un macho, blanco estilo europeo, 5′8″ de estatura, pelo oscuro, con bigote de
niño, pero con un cuerpo de hombre velludo, el sólo mirarlo, me estremecía. Le
hablaba con monosílabos, con la razón nublada por algo que no entendía.
Trabajé
en ese supermercado menos de un año. Me cambié a otro supermercado, mucho mas
cerca de mi casa, siguiendo a una gran amiga de esa época de juventud. Para mi
sorpresa, Armando también nos siguió. Poco a poco Armando se fué soltando
conmigo y descubrimos lo que definitivamente nos hizo amigos: el ajedrez.
He
jugado ajedrez desde chamaquito. Lo he retomado últimamente a regañadientes,
porque a uno de mis sobrinos le gusta como deporte y compite a nivel nacional.
Entre
las piezas del ajedrez, pude derribar esa pared que Armando siempre le ponía a
todos. Esa fué mi primera batalla ganada contra Armando. Lo que yo no sabía, es
que jamás volvería a tener un momento de paz con él.
Apenas
siendo amigos, a Carol le dió por conseguirse un part-time en su
tiempo libre como bartender en un pub de
Fuí a
buscar en mi carro a Armando. En este reencuentro se acababa de dejar de una de
sus tantas novias y si no me equivoco, era la segunda, a la que le cancelaba
sus planes de boda con él.
Ya yo
no era el chamaquito pendejo que se creía straight, pendiente en derribarle una
pared de rechazos. Para ese entonces, yo tenía al lado de mi tablero, como 200
peones, que había comenzado a comérmelos precisamente en ese segundo
supermercado que trabajamos Armando y yo.
Había
quedado bien atrás, esas primeras batallas que peleamos para definir nuestra
relación de amigos-novios sin sexo. Nuestra primera separación fué la más
difícil. Fué por culpa de su chica y de mi chica. Nos dolió mucho. Armando
regresó a mi casa llorando descontroladamente. No supe consolarlo.
Esa
noche que presenté Armando a Carol, se acabaron las pequeñas batallas de los
novios-amigos sin sexo. Se acercaba la guerra que nos pondría en jaque y nos
separaría para siempre.
Disfruté
de una noche brutal, sin darme cuenta que me tomé 4 vasos de 8 onzas de Long
Island bien cargados. Perdí el control sobre mi cuerpo, mi mente y mi
corazón. Armando me cargó como pudo hacia mi carro. Me llevó a mi casa y me
acostó en mi cama.
Al
otro día regresó para devolver mi carro y para decirme, que él también me
amaba, pero no de la misma manera.