Reguero


El Licenciado me miró fijamente. Me pidió que no llorara más por Armando. También que jamás me volviera a tener pena.

Ví salir de pronto un hombre de su cuarto. Debía ser uno de los tipos casados. Esperaba un tipo partío, de esos hombres finos, bien afeminados. Pero no. Era un hombrazo, algo llenito, pero todo un macho. Guapo, aunque algo desaliñado. El Licenciado me lo presentó como Tony. Creo que yo también lo sorprendí.

Fuimos luego al cuarto, donde nos esperaba en la cama sin camisa, el otro hombre casado. Sentí el olor a yerba y a bicho. Seguramente, éste ya estaba mamándole el huevo al otro. Éste otro tipo me pareció menos varonil, y no tan guapo como el primero que conocí. Era más atrevido. Se me presentó. Me dijo que se llamaba Samuel, agarrando mi bicho y diciéndole al Licenciado que tenía razón.

El Licenciado comenzó a besarme, mientras Samuel me desnudaba buscando mi maceta. Yo buscaba a Tony, lo veía nervioso, mientras se desnudaba sólo. Me sorprendió su maceta. Mongo, ese animal medía como siete pulgadas.

Era obvio que estos tres habian bregado juntos anteriormente. Yo observaba cada uno, como si en lugar de ser el protagonista, fuese un simple espectador. Nada de lo que estaba viviendo tenía sentido. No tenía sentido que El Licenciado comenzara a compartirme con otros machos. No tenía sentido que ese tipo casado me mamara el bicho con la locura que lo hacía. No tenía sentido que me gustara tanto ese macho que se desnudó solo y se plantó en esa cama arrebatao.

El Licenciado le agarró la maceta monga de Tony y me pidió que se lo mamara. Reaccioné con un súbito no, mientras Samuel, ya completamente desnudo, se puso en cuatro para mamar el bicho que yo rechacé y ofrecerme su culo.

Entre las cosas que El Licenciado me enseñó fueron todos los tipos de lubricantes y condones. Tenía una colección de dildos cabrona y el más grande que se metía, debia medir por lo menos como quince pulgadas. Le lubricó el culo a Samuel y con mi condón ultrasensitivo lo clavé, mientras seguía mamando desesperado, tratando de pararle el bicho a Tony.

Tenía mi maceta como el chamaquito que era, como cemento, y me maceteé ese mamón sin pena, sin sentido, mientras me besaba como un loco con Tony, que nunca dejó de estar nervioso.

Me clavé también al Licenciado y le dí más pinga de cemento a Samuel. Luego de ese reguero de bichos, El Licenciado me pidió que llevara a Tony a su casa. Ya para ese tiempo había comprado mi primer carro de paquete.

En el camino, Tony me dijo que me desviara. Me guió hacia un sitio. Cuando llegamos al lugar, se bajó un momento y al regresar, seguimos para su casa. Lo dejé en la esquina, con la duda de si regresaría a su esposa y a sus hijos o si se quedaría en la calle para meterse lo que compró.

 

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