El primer beso de Enrique


Siempre que Enrique llamaba, yo dejaba lo que estaba haciendo y arrancaba para su casa. En una ocasión estaba lloviendo con cojones y por poco quedo atrapado en una inundación en pleno Hato Rey, saliendo de mi apartamento. Eso no me detuvo para llegar a él.

Recuerdo que se lo dije en su cama en una ocasión, los dos completamente desnudos. Le dije que siempre que me llamaba, llegaba a él. No importaba la lluvia, la distancia, la hora, yo llegaría a él.

Luego que nos conocimos, pasaron varios meses en que no me llamó. Exactamente tres meses, porque los conté día a día. Esa segunda vez repetimos las mamadas de bichos, entre tragos y el canal de National Geographic. Tampoco se dejó clavar.

Tres meses luego, me lo clavé. Enrique es uno de los hombres mas varoniles que he conocido. No tiene nada gay, ni su forma de vestir, ni de hablar, ni de chingar. Ha sido el único macho que me hizo sentir estar en el paraíso, cuando realmente estaba entrando en las puertas de su culo. El culo que me negó dos veces, pero cuando la mamba negra entró, hizo de ese paraíso su mejor guarida.

Me enloquecía su piel, el olor a macho, sus ojos del verde más extraño y hermoso. Mi cuerpo sobre su cuerpo ha sido una de las imágenes más eróticas que he vivido. Siempre quería besarlo, pero discretamente él lo evitaba. Con cualquier otro me hubiese molestado, pero con ese ángel que me daba el culo, mientras la novia lo llamaba al celular, no.

Con los años, los tres meses de espera aumentaron a cuatro, de cuatro a seis meses. Llegó un momento en que no nos vimos por casi un año. Con el cuento mongo estamos chingando desde hace más de ocho años. En ese tiempo le he conocido dos novias.

Somos bien orales, es de los pocos machos que le he mamado el culo. Y ese bicho tan derechito y rico, se lo mamo como un demente. Me busca verlo retorciéndose del placer. Así también me lo mama, somos dos locos que disfrutan sus pocas horas de lucidéz, mientras afuera, Puerto Rico se hunde en un diluvio o en su Armagedón cotidiano.

Su primer beso me sorprendió. Porque lo inició, porque sabía a entrega. Desde ese beso, él ya no condiciona, ni disimula, ni me niega. Ese beso me llevó a un arrebato y le estuve dando maceta, mientras sus dedos raspaban la cama en un frenesí de gozo. Desde ese beso, es mucho más mío.

El primer beso de Enrique ha sido uno de los momentos más inolvidables de mi vida. Siguieron más besos y el sexo más cabrón entre dos hombres, que en sus pocas horas de locura semestrales, se disfrutan como si fueran los únicos seres vivos que sobrevivieron el fin del mundo.

 

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