Todas las mañanas en la cafetería


Todas las mañanas en la cafetería, Paula y yo nos poníamos al día, a veces entre el café y las tostadas. Cada cual le contaba al otro, la chingaera del día anterior.

Me encantaba entrar con ella a la cafetería. Nuestras entradas eran siempre gloriosas. Yo con mi vendesueños y ella con su belleza, sentíamos que todos paraban lo que estaban haciendo, sólo para mirarnos.

Teníamos a los empleados revueltos y locos con nosotros. Tratábamos de adivinar quién estaba interesado en quién. En esa categoría le gané a Paula porque de los dos, fuí el que me tiré a uno de ellos.

La clientela de la cafetería, en un momento dado, nos eran bien familiar. Había de todo, hombres y mujeres, nenitos y loquitas, jóvenes y viejitos.

Paula y yo teníamos a nuestros favoritos, entre ellos varios ingenieros. Uno de estos ingenieros tenía a Paula bellaca, el Quique. Se pasaba ligándola, aunque yo le decía a Paula que me ligaba a mi.

A pesar de toda la miraera, el tipo no se acercaba a donde nosotros. Una mañana fuí a donde él y le dije que mi amiga lo queria conocer. Me lo llevé a nuestra mesa y allí por fin conocimos a Quique.

La verdad que el tipo estaba bien bueno. Para Paula, Quique tenía un pequeno problema, era velludo. Eso le molestaba mas, que el hecho de que era casado.

A los dias de presentarlos, Paula se lo tiró en un motel. La muy cabrona venía a darme fiero de la pingota que tenía el macho y de lo rico que chingaba. Yo le decía que me lo acomodara, que hicieramos un trio. Ella simplemente me decía que no podia con sus pelos.

Despues de esa chingada, Paula lo canceló. No sé que le hizo, que tijereta, pero el Quique quedó malo con Paula. Ella lo ignoraba.

El pobre Quique buscó consuelo en mi. Me llamaba para desahogarse. Paula volvió a salir con él, de tanto que se lo pedí. Pero de nada me sirvió ser su hombro de lágrimas. Jamás me lo pude tirar. Tampoco a él le sirvió mucho la lloraera, porque Paula terminó rechazándolo, a pesar de haberse separado de su esposa.

Lo último que supimos del Quique es que habia regresado con su esposa y que se había metido a la religión.

Todas las manañas en la cafetería, Paula y yo nos poníamos al dia, a veces entre el jugo de china y el medianoche. Cada cual le contaba al otro, a quién habíamos enloquecido el día anterior.

 

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