Los primos se exprimen


Miré la tarjeta ciento de veces. Sabía que después de esa llamada, no habría vuelta hacia atrás.

Hasta ese momento lo único que había hecho con otro hombre eran las mamadas de pinga con uno de mis primos. Luis es mi primo favorito, por nuestro gran parecido físico, por lo hijeputa que es y por sus 9 pulgadas de bicho.

No sé como empezó la jodienda entre nosotros. A veces tengo el vago recuerdo de que hemos metido mano desde chiquitos. No sé si fueron sucesos reales o fantasías.

En nuestros dieciochos, porque tenemos hasta la misma edad, nos dió por aparentar ser hermanos gemelos. Yo usaba su apellido con sus amigos y él mi apellido con mis amigos. No sé si nos creían nuestros amigos, pero el juego nos acercó más de lo debido. Recuerdo la celebración de uno de nuestros panas que se graduaba de cuarto año. Nos fuimos todos al Black Angus a ver quien se atrevía a subir a los cuartos. Subimos sólo mi primo y yo.

Luis empezó a quedarse mas a menudo en mi casa. Era normal que lo hiciera, pero no con tanta frecuencia. Una de esas tardes en mi casa me dijo que tenía 9 pulgadas de bicho. Le dije embustero, empezó a rozarse el huevo y al poco rato se agarró el bulto medio mongo que tenía en los pantalones. La marca de ese bicho me dejó loco. Le dije, tragando saliva, que se lo sacara.

Se sacó la pinga, ya dura, sólida y gorda, uncut como la mía, pero blanca. Le enseñé mi pinga y nos dimos cuenta, que no éramos tan gemelos ná.

De ahí pasamos a ver, de vez en cuando, películas pornográficas. Viendo una mala copia de Taboo nos jalamos nuestra primera puñeta juntos. Una mañana que Luis se quedó en casa, mientras me preparaba para ir a la universidad, pasé por el cuarto donde dormía y ví que estaba bien despierto, jalándose una. Me susurró que estaba bien bellaco y le dije que viniera a mi cuarto.

Solos en mi cuarto, con la puerta cerrada, me bajé los pantalones y empecé a casquetearme. Luis tenía ese bicho bien encendido. Cada vez que veía ese tronco de bicho, admiraba más a mi primo. Por razón tenía a tantas nenas locas. Mientras nos pajeamos, le pedí a Luis que me lo mamara. El me dijo que lo haría si yo le mamaba el suyo. Le dije que sí.

Luis se arrodilló frente a mí y se metió mi bicho en su boca. No lo podía creer, ese hijeputa que todos le teníamos miedo, mamándome el bicho, tragándoselo completo. Se paró y trató de meter su pinga en mi boca. Le dije que no, asustado, arrepentido. Me dijo que no le saliera con eso, que él ya me lo mamó.

Le agarré la pinga, caliente, sólida, hermosa. Pasé la lengua por la punta y me gustó el sabor. Poco a poco seguí mamándoselo. Nos acostamos en la cama y nos acomodamos en un 69. Estuvimos un largo rato mamando bicho.

Ese día sólo quería regresar a casa. Sabía que Luis me esperaría. No recuerdo que excusa usamos para encerrarnos en mi cuarto, pero repetimos esa tarde y muchas otras tardes más. Hace tiempo que no veo a Luis. Se casó y se mudó para Orlando.

La última vez que lo ví, Luis había aumentado como 60 libras, y ya no parecía mi gemelo, si acaso mi padre. Las pocas veces que hemos hablado, nunca preguntamos por nuestros bichos.

A veces tengo el vago recuerdo de esas tardes mamándole la pingota a mi primo. No sé si fueron sucesos reales o fantasías.

Me había aprendido el número de teléfono de memoria. El Licenciado me gustaba demasiado. De cuarenta y dos años, casi el doble de mi edad, guapo y elegante, sabio y atrevido, era demasiada tentación para mí. Ya no me conformaba con mamar bicho.

Yo quería comerle el culo.

 

What did you think of this article?




Trackbacks
  • No trackbacks exist for this post.
Comments
  • No comments exist for this post.
Leave a comment

Submitted comments are subject to moderation before being displayed.

 Name

 Email (will not be published)

 Website

Your comment is 0 characters limited to 3000 characters.