Enrique

Puedo
contar con los dedos de una mano, los hombres importantes en mi vida. Me
refiero de los que me he chingado. He llegado a la conclusión, después de tanto
millaje, que los hombres no valemos ná.
Así
mis mujeres engañadas, no desperdicien su juventud ni los jugos de su toto, por
ningún macho. Se lo dice un macho que tiene como costumbre, jamás repetir con
otro macho, porque no vale la pena.
Tengo
mis excepciones. Una de ellas, es Enrique. Mis repeticiones con Enrique son
puramente sexuales. Hemos repetido desde hace ocho años, cada vez que le pica
el culo, que no es muy a menudo. A pesar de todo ese tiempo, supe desde el
principio, que ese no era su verdadero nombre. Hasta el sol de hoy, no sé su
nombre. En mi vida, es simplemente un Enrique. No sé a que se dedica, no sé su
apellido, a propósito, nunca me he memorizado sus números de teléfonos.
Tuve
que ir a un adiestramiento a Boston sobre un programa de auditoría, para luego
hacer un inventario de las computadoras, printers, faxes,
escritorios hasta los gabinetes de mi oficina. Robles me aconsejó que me
inscribiera en un site en el internet y que entrara a la sala de Boston para
conectarme con algo allá.
Con lo
que me conecté fué con un frío hijeputa. El dichoso adiestramiento era hacer el
inventario de todo un piso de las oficinas centrales de Boston.
Boston
lo conocí de reojo, disfruté algo del Downtown. La parte histórica, no
sé porqué, me recordó mucho al Viejo San Juan. Quedé bruto con la línea roja en
las calles que te guiaba a los puntos importantes de la vieja ciudad.
Fuí a
ver un barco, creo que el Constitution, en plena bahía, adornado con
luces, con unas velas espectaculares. Realmente una vista hermosa, sobretodo de
noche. Caminé por Boston como todo un experto. Me encargué de averiguar como
llegar a la oficina en tren desde mi hotel, y cuando se enteraron de mi
atrevimiento, me trataron con el respeto de los que llegan a los sitios a
tumbar cabezas.
A mi
regreso a Puerto Rico, tenía un mensaje en el site que me recomendó Robles. No
era de un bostoniano, mas bien de un boricua. Se describía como un tipo
straight buscando un macho varonil. Le contesté el mensaje y al poco tiempo nos
citamos en un local de la 65.
Cuando
lo ví, no lo podía creer. Enrique es el hombre más bello y masculino que he
conocido. Me quitó la venda que tenía con Armando, que hasta ese momento nadie
lo superaba en belleza para mí. Pensé que al verme daría la media vuelta y se
iría. Para mi sorpresa me pidió que lo siguiera.
Llegamos
a su casa, una cueva de macho sin sentido de decoración y con la cocina repleta
de botellas de alcohol. Me ofreció un trago y le dije que me diera algo fuerte.
Nos sentamos en la sala a beber ginebra, apenas sin cruzar palabras. Me gustaba
mucho, sobretodo su hombría y su parquedad.
Sin
palabras, comencé a bajarle los mahones y le quité la camisa. Lo dejé en
calzoncillos y ví como se le marcaba el bicho, de lo parao que lo tenía. Me
paré frente a él para disfrutarme su belleza. Su pelo negro lacio sin estilo,
su tez blanca, completamente lampiño, sus ojos color verde aquamarina de Crash
Boat, su cuerpo sin marcas de pesas, pero tonificado por ser simplemente
hombre. Ahí estaba mi puerta al paraíso.
Fuí
quitándome la ropa, poco a poco, mientras me tomaba mi trago. El se bajó los
calzoncillos para enseñarme su pinga, blanca, derechita, cut,
sequecita como me gustan, igual de grande como la mía.
Completamente
desnudo frente a él, ví como sus ojos se enfocaban en los pelos de mi cuerpo.
Se embriagó de ellos. Me agarró por mis nalgas y me acercó a su cara, para oler
mi cuerpo y restregar su quijada por los vellos de mis muslos y de mi pinga.
Borracho de alcohol y pelos, me confesó que su novia se afeitaba la crica. Me
dijo que lo enloquecía mi piel y todos mis pelos, sobretodo los del bicho.
Le
agarré la pinga y le enseñé como un macho de verdad mama bicho. Vi como se
retorcía de placer y descubrí un punto donde apenas podía aguantarse. Lo puse a
mamar y me mamó el bicho, mi cintura, mis muslos, mis nalgas, mis dedos cada
área de mi piel que tenía pelos.
Esa
noche no se dejó clavar. Me lo clavé la tercera vez que me llamó. Nos besamos
por primera vez, años después. Hace como seis meses que no me llama. Ya le debe
estar picando el culo.







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