The Club


Llegué a los baños temblando del miedo. Robles me había hablado tanto de ese club privado en Fort Lauderdale, que fué la principal razón por la que me aventuré a ese viaje a Miami.

Ese primer viaje juntos fué un sueño. Todo nos salió perfecto. Disfrutamos como reyes, todo a muy buen precio. Por más que hemos tratado de repetir lo que vivimos en esa travesía, siempre nos quedamos corto y nos sale más caro.

Con las manos temblorosos, entregué mi identificación al cajero de la entrada. A cambio me entregaron una toalla y la llave de mi cuarto. Antes de seguir, Robles me advirtió, que si algo me pasaba por estar brincando sin protegerme en los baños, que no le echara la culpa. Yo le contesté que yo no estaba allí por él, estaba porque así yo lo quería.

Al entrar, tropecé con este muchacho, como de mi estatura, blanco de ojos claros. Se sonrió conmigo y le dije a Robles que ese era mi plan A. El me contestó “relax, que acabamos de entrar”. Nos separamos a buscar nuestros cuartos en esos pasillos medios oscuros.

Caminando por los pasillos iba inspeccionando los cuartos a ver lo que había. Sentía mis piernas como maracas y me decía “puñeta esto no va a ser tan fácil como me creía“. Ya me veía saliendo de allí, chillando como perro asustao.

Miami es un paraíso sexual, al menos así lo creo. Es una ciudad turísticamente enfocada a la adoración del cuerpo. Lo más importante, hay cantidad y mucha calidad, para todos los gustos. Hasta los albañiles están ricos.

De Miami a Fort Lauderdale son como 30 minutos en carro. En el trayecto Robles me explicaba como trabajar los mostros en el club. Me dijo que no se iba a comer mierda, que el punto eran las duchas, que allí enseñara maceta, que me llevara condones a mi cuarto y el lubricante, y lo mas importante, que cada cual trabajara por su cuenta. Me advirtió que no lo siguiera.

Robles y yo nos reencontramos en las duchas, ya sin ropa y con nuestras toallitas blancas. Me puse el llavero de mi cuarto en mi brazo sobre el mollerito simulando un brazalete con cascabel.

Nos quitamos la toalla y nos fuimos a bañar en las duchas rodeadas de paredes de cristal, en el mismo medio del local. Alli estaba yo, bañándome de la manera mas sensual que podía, haciendo sonar el cascabel de dos bolas prietas. Parece que las soné bien, porque ya nos estaban ligando en la pecera.

Lo primero que me cayó encima fué una mantaraya prieta, corpulanta, con una cara de lujuria que me dijo que de allí no se iba hasta que yo le diera pinga. Yo le reí la gracia y me estuvo persiguiendo las primeras dos horas hasta que me lo tiré. Por algo tenía que empezar.

Pues eso fué lo primero que me tiré en los baños, un local violeta de Fort Lauderdale, musculoso, gigante, espectacular, que yo juraba, me iba a partir en dos. Fué mi primer prieto. En los baños aprendí que los molletos no eran tan salvajes como me lo pintaban, que abrían las patas como cualquier hijo de vecino. También aprendí, que no todos los prietos son pingones.

Mientras yo perdía el tiempo rompiendo el hielo, Robles se había tirado a tres machos: un cubano guapísimo, un prieto que parecía un gato egipcio y un americano como de 7 pies. No puedo elegir quien estaba mejor, porque ese día la caballota se rankeó conmigo. De todas las veces que hemos jodío, ese ha sido su mejor día. Puedo dar fé que Robles terminó la caza tirándose a los seis machos más espectaculares que habían en el club esa tarde. Cogió bicho ese hijeputa.

Por mi parte el miedo de primerizo me tenía paralizado. Hay que prepararse mentalmente para la dinámica que se dá en un lugar como ese. Definitivamente, hay que tener mucha seguridad en sí mismo, para no terminar en los cuartos con las puertas abiertas esperando a que alguien entre a chingarte. Así ví a unos cuantos y ninguno me motivaba a entrar a comer carne gratis, que lo más seguro estaba decomisada.

En el sauna me conecté al segundo, un americano bello, blanquito, velludo, que me lo llevé al cuarto y le estuve dando pinga como dos horas. Ví con satisfacción como después, recogió su ropa y se largó jartito. El culo le dejó de pedir bicho.

Ese día me tiré tres machos. El último, el más que me disfruté, fué mi plan A, el que me recibió con una sonrisa. Les juro que era idéntico a Armando, lo único más bajito. Con sus ojos azules, con su pelo negro, pero con acento venezolano. Me llevó a su cuarto. Lo besé completo, lo acariciaba, mientras descubría lo diferente que era a Armando. Hermosamente tierno, sumiso a mí, abierto a mí.

Lo puse boca abajo y lo penetré mordiéndole la espalda. Le puse mis manos en sus muslos para presionarlo hacia mi bicho, mientras lo ponía, poco a poco, en cuatro, para agradecerle la bienvenida a puro macetazo.

Esa noche celebramos en Twist mi primera cacería en los baños. Al otro día regresamos. Me tiré a seis y Robles, uno. Desde ese día, soy yo él que le dice a Robles, que no me persiga.

 

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