Transición


Lo había visto varias veces en el supermercado. El día que me dió su tarjeta de presentación, confirmé que estaba interesado en mí. No me molestó su interés en mí, lo tomé bien normal, aunque no pensaba llamarlo.

Estaba como a dos semestres de graduarme y había terminado con Leyda. Es irónico, pero siendo novio de Leyda empecé a verme como un hombre que le gustaba otros hombres.

Leyda era perfecta. Rubia natural de ojos verdes, una brillante estudiante de biología, con planes de meterse en el Army para completar su doctorado en medicina. Como a Julia, la conocí en mi trabajo, aunque no en el mismo supermercado.

Leyda y Armando se odiaban a muerte. No entendía ese odio, hasta que Armando me presentó a Karla, una chica con la que estaba saliendo, que comenzó a trabajar con nosotros. No tan solo odié a Karla, estuve a punto de matarla, cuando le dió con meterle cosas en la cabeza a Armando para que dejara mi amistad. Y eso que no llegaron a ser novios.

En sólo una ocasión salimos los cuatro, a un concierto, creo que de Air Supply. La tal Karla me tenía bien encabronaíto y se le ha zafado una indirecta, de que yo quería siempre acaparar el tiempo de Armando.

No tuve ni que abrir la boca, porque Leyda barrió el piso con ella con todo lo que le dijo. Que si Armando era el que siempre estaba metido entre nosotros, que si ella no era suficiente mujer, que era una bochinchera pendeja. Armando y yo tuvimos que separar a esas dos mujeres. Yo me fuí con Leyda a comprar cervezas y nunca regresamos a nuestros asientos. Dejamos a Karla y Armando a pie y tuvieron que regresar a sus casas en taxi.

Pocas semanas despues de ese concierto, Leyda y yo terminamos. Armando estuvo molesto conmigo por varias meses aunque lo veía casi todos los días en el trabajo. No me hablaba, pero también le dejó de hablar a Karla, que terminó renunciando. Jamás he vuelto a saber de ella.

El dolor de esa separación me enseñó que yo no era suficiente hombre para Leyda, que lo era para otro hombre. No pude amarla, porque Karla tenía razón. Yo quería acaparar la vida de Armando.

Luego que me dió la tarjeta, volví a ver al Licenciado la semana siguiente. El procuraba siempre de pasar su compra por mi caja. En ese tiempo, trabajaba más de cajero y en el diary, que de bagger. Me preguntó si se me había perdido su tarjeta. Le dije que no, que simplemente no me atreví a llamarlo. Me contestó que si me había dado su tarjeta, era para que yo lo llamara. Le prometí que lo haría.

Esa noche luego de varios meses de ignorarme, Armando fué a mi casa. Yo estaba en mi cuarto viendo televisión. Me sorprendí al verlo, pero lo disimulé y le pregunté de mala gana, qué quería. Me habló con su voz entrecortada, me dijo que sólo quería verme y hablar conmigo.

Me sorprendí al oirlo, pero me endurecí, tanto que se quebró en llantos. Lloró tan desconsoladamente, que no supe qué hacer ni qué decir. Sólo me reí y me burlé de él. Jamás volvió a llorar frente a mí.

Al otro día llamé al Licenciado y por primera vez en mi vida, me chingué a un macho.

 

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