San Juan Brothas


Nunca había visto tantos prietos juntos, como esa noche en Eros. Tampoco había visto a Robles tan bellaco por tanta morcilla disponible.

Qué puñeta estaba pasando en Eros, fué lo primero que nos preguntamos Robles y yo, cuando vimos el reguero de flyers de música hip hop, a una draga haciendo chistes de las guaguas de la AMA y a los 400 prietos que bailaban al ritmo de Usher.

Resulta que esa noche una convensión de hombres afroamericanos gays habian separado la discoteca para una actividad privada. Cómo carajos pasamos, fué lo segundo que nos preguntamos Robles y yo, pero luego nos dimos cuenta, que habian varios boricuas más y varias parejitas de turistas blancos.

Les juro que nunca había visto a Robles tan feliz en su vida. No sabía por dónde empezar. Yo le dije a Robles, luego de la primera tanda de tragos, que había que dar una ronda de reconocimiento y averiguar que rayos era todo eso.

Averiguamos que eran todos miembros de una asociación sin fines de lucro que se llamaba San Juan Brothas. Dizque los asociados originales eran unos militares que se habian conocido en Vieques en el 1999, y de ahí surgió la idea de venir todos los fines de semana de Memorial Day a Puerto Rico. Hacen unas convensiones sobre temas de salud y varias actividades para el disfrute de sus miembros.

Pués en medio de 400 prietos estábamos Robles y yo, disfrutando de lo mejor de San Juan Brothas 2004.

Luego de la tercera tanda de palos y de bailar y de conocer como una veintena de molletos de todos los tamaños, yo me puse bien sabrosito. Me fuí para la parte de atrás de Eros, que estaba hardcore y no sé como terminé agarrando una pinga de un boricua de Bayamón, que de prieto lo único que tenía era el tronco de bicho.

Terminamos los dos en una esquina de la disco, yo masturbándole el bicho y él jugando con mi maceta. De repente, se nos acercaron dos parejas, todos blancos europeos, que nos agarraron los huevos y se lo echaron en las bocas.

Ahí estaba yo, arrinconado en plena discoteca Eros, semidesnudo con un desconocido de Bayamón, cazando caras pálidas con nuestras varas, en una jungla de luces con los hombres de ébanos mas bellos de Atlanta, Washington, New York y California.

En un momento de lucidez, ví lo que estaba haciendo. No sé a quién le quité el bicho de la boca, pero me subí los pantalones y me metí en la pista a buscar a Robles. Al mirar hacia atrás ví, como las carnes blancas se perdieron, buscando otras varas, dejando la varota de Bayamón guindando por los pasillos de Eros. En el camino, otro cara pálida me besó en los labios.

Encontré a Robles en una danza frenética de Jay Z. No pude contar con cuántos prietos bailaba, pero en el cuarto trago que nos pagaron, Robles me senaló al macho que había que trabajar.

Un clase de prieto como de 5′10″, cortao, fibroso con una cara y una piel de ángel. Yo le dije a Robles “Pón a producir la mostra, mientras yo le doy maceta”. Antes de terminar el cuarto trago, nos fuimos los tres en mi carro, al apartamento de Robles.

Cuando besé esa piel, el sabor que me dejó en los labios fué como de un néctar de una fruta que nunca había probado, de un sabor bien rico. La pinga tenía el mismo sabor, un bicho tan bello, igual de rico. Robles me mirada y me decía maravillado, que ese era el prieto con la piel más hermosa que había visto.

No sé si fué lo dulce del néctar de ese hombre, pero la nota se me subió bien cabrón. Le dije a Robles que me tenía que ir, que estaba medio borracho. También que le dejaba el paquete y que al otro día, me contara.

De Robles no supe hasta cuatro días después, cuando no quedaba más morcillas importadas en Puerto Rico. Me contó que la pasó de maravillas con Jefrey, el ángel negro con sabor a néctar.

Al año siguiente repetimos en el San Juan Brothas 2005.

 

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