Long Island

Al
principio de mi amistad con Carol, ocurrió uno de los tantos reencuentros con
Armando. Hacía como cinco años que no lo veía, creo que desde el concierto de
Duran Duran en Bayamón.
No
recuerdo cómo fué ese reencuentro. No recuerdo si yo lo busqué o él me buscó.
Debo haberlo buscado. De algo estoy seguro, era mi turno.
Luego
de la primera vez que vi a Armando, coincidimos con mas frecuencia en el
supermercado. Contrario a su prima, era demasiado introvertido y huraño. Apenas
le hablaba. Me intimidaba su belleza. Parecía un dios griego, completamente
inconsciente de lo que provocaba a su alrededor.
De
ojos azules, enmarcados por las filas de pestañas más hermosas que pueda tener
un macho, blanco estilo europeo, 5′8″ de estatura, pelo oscuro, con bigote de
niño, pero con un cuerpo de hombre velludo, el sólo mirarlo, me estremecía. Le
hablaba con monosílabos, con la razón nublada por algo que no entendía.
Trabajé
en ese supermercado menos de un año. Me cambié a otro supermercado, mucho mas
cerca de mi casa, siguiendo a una gran amiga de esa época de juventud. Para mi
sorpresa, Armando también nos siguió. Poco a poco Armando se fué soltando
conmigo y descubrimos lo que definitivamente nos hizo amigos: el ajedrez.
He
jugado ajedrez desde chamaquito. Lo he retomado últimamente a regañadientes,
porque a uno de mis sobrinos le gusta como deporte y compite a nivel nacional.
Entre
las piezas del ajedrez, pude derribar esa pared que Armando siempre le ponía a
todos. Esa fué mi primera batalla ganada contra Armando. Lo que yo no sabía, es
que jamás volvería a tener un momento de paz con él.
Apenas
siendo amigos, a Carol le dió por conseguirse un part-time en su
tiempo libre como bartender en un pub de
Fuí a
buscar en mi carro a Armando. En este reencuentro se acababa de dejar de una de
sus tantas novias y si no me equivoco, era la segunda, a la que le cancelaba
sus planes de boda con él.
Ya yo
no era el chamaquito pendejo que se creía straight, pendiente en derribarle una
pared de rechazos. Para ese entonces, yo tenía al lado de mi tablero, como 200
peones, que había comenzado a comérmelos precisamente en ese segundo
supermercado que trabajamos Armando y yo.
Había
quedado bien atrás, esas primeras batallas que peleamos para definir nuestra
relación de amigos-novios sin sexo. Nuestra primera separación fué la más
difícil. Fué por culpa de su chica y de mi chica. Nos dolió mucho. Armando
regresó a mi casa llorando descontroladamente. No supe consolarlo.
Esa
noche que presenté Armando a Carol, se acabaron las pequeñas batallas de los
novios-amigos sin sexo. Se acercaba la guerra que nos pondría en jaque y nos
separaría para siempre.
Disfruté
de una noche brutal, sin darme cuenta que me tomé 4 vasos de 8 onzas de Long
Island bien cargados. Perdí el control sobre mi cuerpo, mi mente y mi
corazón. Armando me cargó como pudo hacia mi carro. Me llevó a mi casa y me
acostó en mi cama.
Al
otro día regresó para devolver mi carro y para decirme, que él también me
amaba, pero no de la misma manera.







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