Polanco

Como
supervisor he pasado de todo. Desde una estresante temporada de huracanes (la
temporada de huracanes del 1995) hasta una plaga de comején. Entre mis
funciones también tenía que estar pendiente de el grupito de personas que hacía
la seguridad de mis tiendas. Así fué que tuve que estar pendiente de Polanco.
Polanco era el guardia que trabajaba, solamente los fines de semanas, en una de
mis tiendas.
Mi
primer encuentro con Polanco fué bien bochornoso. La noche anterior se habia
casado mi hermano, y llegué a la tienda tan borracho, que pasé toda la jornada
abrazado al inodoro. El siguiente fin de semana, totalmente sobrio y aún
creyéndome straight, conocí formalmente a Polanco, uno de los hombres más sexy
y guapo, con macana y esposas, en Puerto Rico. Desde ese día respeto la
justicia de este país.
Polanco
y yo nos hicimos bien panas, no me pregunten como fué, pero a ese loco yo lo
idolatraba. Mi experiencia con los guardias en este trabajo, fué bien especial.
Aprendí a verlos como seres humanos. Tuve la suerte de conocer personas de una
gran integridad y sobretodo, excelentes padres de familias.
Polanco
era mi favorito. Por hijeputa, bellaco y mujeriego. Y por bello. Todas las
mujeres que entraban en esa tienda, se les mojaba la tota de tan sólo ver a ese
macho. A mí, no me mojaba, pero sentía un calentón cada vez
que ese HOMBRE me pegaba un vellón. Y no era por el vellón.
Creo,
que yo no sería ni la mitad de la persona que soy, si no hubiese conocido a
Polanco. Todos los fines de semana que pasé con él en la tienda, fué un
aprendizaje de lo que es la calle, de vivir cada momento plenamente, de aceptar
las diferencias. Aprendí, que la mejor seguridad, es la seguridad en ti mismo.
Polanco
es un HOMBRE bien straight. Aún así, es muy entendido. Esa sabiduría cruda de
los que han visto todo en las calles. Prácticamente me sacó del closet. Me tiraba al medio cada vez que me veía chekeando a un macho en la tienda. Me
contaba de las chingaeras con la vecina, la otra vecina, la ex, la madre de su
primer hijo, con la del segundo, la mujer de aquel, de las que venían a verlo a la
tienda. Me ponía tan malo. Yo me culeaba, pero de nada me servía, porque me
decía en la cara, que yo era un maricón.
Ya
para la temporada de huracanes de 1996, había renunciado y comencé a trabajar
en otra compañía nueva, que en menos de dos años creció, como la espuma
también. Dejé de ver a Polanco, hasta que me lo reencontré por casualidad, él
como director de una división y yo como uno de los cheches de mi tercer trabajo
en serio. El seguía hijeputa, bellaco y mujeriego. Y bello. Pero en lugar de
uniforme, usaba traje. Yo estaba completamente maricón. Y lo primero que hice
fué fajarlo y pegarle un vellón. Me dió su tarjeta de presentación.
En un
semestre, Carol tuvo que hacerle una entrevista a un policía, para algo de la
universidad. Le dije que yo tenía un pana, que estaba bien bueno, que la podía
ayudar. Llamé a Polanco y nos dió una cita. Para allá fuimos. No sé como Carol
le hizo la entrevista, porque nunca la había visto tan bellaca. Yo estaba lucío
y empecé a joder a Polanco, que ahora tenía guille de golfista. En el momento
que estaba jodiendo con las bolas de golf, ese macho se ha parao, me agarró por
el cuello y me metió en una celda. Qué carajo hacía una celda en su oficina, no
sé. Pero pasé una hora preso por bellaco.







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