Los días que sus ojos eran grises

No
siempre he sido un pargo. Tuve mi época en que era un santo que no había visto
ni un pelo. Me creía hasta straight. Era la época que jugaba billar con mis
panitas de el supermercado, antes que llegara Armando. Tuve mi primera
noviecita en
Mientras
estudié en la universidad, mi trabajo en el supermercado fué un resuelve
cabrón. Con los panas nuevos, tanto de el trabajo como de Sagrado, abrí algo
los ojos. Con un horario flexible que acomodaba según mi matrícula, con pago
mínimo y los bolsillos llenos de propinas, pasé el primer año universitario
entre libros, bolsas de compras y la chochita de Julia, mi segunda novia.
A
Julia la conocí un día que sus ojos eran grises. De pelo rojo y tez blanca, con
algo de sobrepeso, culona, con buenas tetas y curvas, esa hembrota de ojos de
paleta de pintor, se fijó en este pendejito, que aun no había hundío un pelo en
su vida. Tampoco había conocido a Armando, así que mi alma no estaba
perturbada.
Todos
los baggers tenían su fanaticada. Yo no tenía tantas, pero las
suficientes como para sacar una novia. Roberto, el bonitillo de el grupo, se
llevaba casi todos los días, una nena diferente al almacén, mientras nosotros
como buenos pendejos, velábamos a que no llegara uno de los jefes.
Un dia
que no tenía que velar el almacén, me fijé en los ojos grises de Julia. También
me fijé en su culo. Los siguientes días, me fijaba más en ella, y el día que la
vi por primera vez con los ojos azules, me preguntó por mi nombre y me dijo el
suyo. Fuimos al cine en nuestra primera cita, ella con sus ojos verdes. La
película ni me acuerdo, porque no la vimos por los grajeos. Como esos días
estaba de vacaciones, antes de mi primer semestre en la universidad, viajamos
por todo Puerto Rico, desde San Sebastián hasta Guayama, en mi primer carrito
que compré, con la ayuda de papi y de mis propinas. Como Julia vivía en Puerto
Rico en casa de unos tíos, teníamos una libertad de locos enamorados.
La
primera vez que me la clavé fué en San Sebastián, en el charco
Luego
de esa primera clavada, lo hicimos en todos los rincones de mi casa, mientras
mis padres trabajaban. Una tarde me agarró mi hermano en la cama de mami, con
Julia ensartá hasta home, con las piernas entrelazadas a mi espalda.
Otra tarde nos vió mi hermano menor, al abrir la puerta de el baño, donde yo
tenía a Julia recostada sobre el inodoro, dándole maceta por detrás. Siempre
que me la clavé sus ojos eran salvajemente grises.
En ese
tajo estuvimos casi un semestre. Saqué mi única F en toda mi vida y para colmo
en la universidad.







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