Doble penetración

Robles
fué uno de los primeros machos que me clavé. Así nos conocimos.
Coincidimos
en el hospedaje de un amigo mutuo, lo mandamos a comprar comida y aprovechamos
su ausencia para él jartarse de bicho y yo de culo.
En ese
entonces Robles tenía pareja. Era un hombre casado que Robles había tomado
prestado por varios años. Robles le cocinaba, lo bañaba, lo peinaba, lo mimaba
y le pegaba cuernos, a sus espaldas y en sus ausencias.
Luego
de ese combo agrandado y un encuentro en un motel, nos alejamos por un tiempo.
Nos reencontramos en un cuarteto que hicimos por la 65 de Infantería. Era una
de mis primeras orgías. A cada uno nos invitó Robles y me imagino que se dejó
llevar para las invitaciones, por el tamaño de los bichos, porque allí hubo
pinga para repartir.
Con lo
que no contaba Robles, era que Benny, el macho con la maceta más grande, daba
culo también y no soltó mi pinga, ni siquiera para despedir al del invento y al
cuarto invitado. Alli me quedé toda esa tarde en el apartamento del pingón, que
me aguantó bicho y una mano completa que me pidió.
La
tercera vez que ví a Robles, ya su pareja habia decidido divorciarse de la
mujer. Con los papeles del divorcio vino la mandá pal carajo a Robles. El
recién divorciado tenía un chamaquito más joven, que le pegó el doble de
cuernos que le puso Robles.
Esa
vez finalmente hablamos y nos volvimos a conocer. Con la soltería le llegó
tambien un nuevo trabajo en una aerolínea y nuestras vidas cambiaron por
completo. Planificamos nuestro primer viaje de joda juntos, que sirvió para
afianzar nuestra amistad. Dejamos de chingar por placer. De ese viaje en
adelante, nosotros sólo chingamos cuando usamos al otro como carnada.
Muchos
han llamado a Robles como la fuerza maligna que me arrastra a la perdición. Yo
los dejo que lo crean porque tal vez sea cierto. La realidad es que todos los
momentos que he vivido con Robles han sido intensos, memorables y siempre bien
bellacos.
Como
cuando le entró la jodienda de que quería meterse dos bichos a la vez.
Ya
tenía uno, el mío. Al primero que coordinó fué a Miguel, otro dizque casado,
pero más loca que Robles y yo juntos. Eso sí, tenía un tronco de bicho cabrón.
Intentamos metérselo los dos, pero esa pingota sacaba sin pena el mío de el
culo de Robles y no se pudo. Terminé de espectador y oyente, viendo como Miguel
hendía a Robles, el Miguel parado y el Robles montado a caballito. Cogió bicho
ese jinete. Oyendo el galope de esas nalgas sobre esa maceta de caballo, me
jalé dos puñetas.
De ahí
aprendimos que el segundo bicho no podía ser muy grande, porque no iba a caber
los dos a la vez.
Poco
después, nos metimos en el internet y conectamos por chat a otro candidato para
la doble penetración. Era un nene como de 24 añitos, de lo más mono, pero para
mi gusto con algo de sobrepeso. Lo importante era meterle dos bichos a Robles y
metimos mano. Pero tampoco se pudo. De ahí aprendimos que hacía falta algo de
química y tres buenos cuerpos contorsionistas.
Luego
del gordito, pasaron varios días y pensé que Robles se había olvidado de esa
locura. Una mañana que Robles estaba en Puerto Rico, me llamó y me preguntó si
podía llegar a su hospedaje. Cuando llegué, me presentó este chamaquito
dominicano bien guapito, medio tímido, delgadito como nosotros.
Ya
unos expertos, me tiré en la cama desnudo con la pinga como cemento. Robles se
la metió, de espaldas sobre mí. Ese culo se tragó mi pinga completa y me quedé
quieto, mientras Robles abría las patas y recostaba su espalda sobre mi pecho.
El
dominicanito tenía un buen bicho, como el mío. Empezó a empujárselo, mientras
yo aguantaba a Robles para que no se zafara de mi pinga. Cuando el chamaquito
se lo metió completo, dejé que él sólo se moviera. Empezó a darle fuete como un
loco.
Robles
aguantó maceta como la caballota que es. Le ví los ojos ponerse en blanco,
cuando viró su cabeza hacia a mí, para decirme lo hijeputa que se sentía esas
dos macetas en su culo.







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