Los PB


Según el Diccionario de la Real Academia de El Bizcochito, un PB es un individuo straight que provoca a los maricones con la única intención de pararles el bicho y dejarlos puyú. Estos Para Bichos son poderosamente hermosos y lo saben. Como todos los maricones, tienen altamente desarrollado un “gaydar”, que les ayudan a rastraer en la oscuridad más negra, sobre el mármol negro, a la hormiga prieta que le hace falta maceta.

Conocí al primer PB de mi vida en mi trabajo anterior, donde también conocí a Carol y más tarde a Paula. Que conste que Armando no cae en la categoría de los Para Bichos porque él aún no sabe que es gay.

Su nombre es Oscar. Era el “clerk” que repartía el correo, los “supplies” y los materiales para nuestros trabajos de campo. La primera vez que vi este macho me quedé con la boca abierta. Yo tenía en ese entonces como 32 años. Oscar rondaba entre los 37 a 40. Este militar pensionado tenía la cabeza rapada, blanquito tostaíto por el sol. De ojos azules y candado, con par de canitas. Como la mayoría de los militares tenía una cintura hijeputa con un pecho y brazos que agarraba esas cajas de materiales como fichas de dominó.

Caminaba con un tumbaíto entre callejero y de buen chingón. El macho sabía que estaba bueno. Tambien sabía que el mundo le pertenece a los que chingamos rico. Así andaba por la oficina, provocando con sólo ser.

Estaba casado y tenía cuatro hijos, todos ellos con sus ojos azules. Tenía a todas las mujeres de la oficina y de las oficinas de los demás pisos, alborotadas. A una le daba serenatas telefónicas todos los días cantándole en un falso italiano. A otra le regalaba todas las mañanas una flor. A todas le daba su sonrisa coqueta y su acostumbrada guiñada.

El tipo era un jodedor. Te quemaba con lo que sea. Me leyó en nuestra primera mirada y me quemó desde entonces, pero sólo entre él y yo. Yo le seguía la corriente, como hay que hacer con todos los dementes. No tenía ninguna duda que Oscar se metía de las verdes, colorás y amarillas, para controlar su “disability”. Por algo estaba pensionado. Decía que era por un dedo, yo estaba seguro que el tipo quedó medio tostao, pero sabrá Dios de qué guerra.

El relajito empezó entre nosotros un día que lo ayudé a subir unas cajas de materiales por el ascensor de carga. Ese tipo tenía los músculos pumpeaíto de tantas cajas que movió y yo estaba contemplándolo bobito. Lo más seguro que hasta me babié. En una que me cogió fuera de base me dijo que no jodiera con él, que era capáz de treparme en esas cajas y partirme en dos de la clavá que me iba a dar.

El ascensor abrió. El salió con el “hand palet” lleno de cajas, como si nada, tirándome una guiñadita. Yo subí hasta el piso 16. Bajé al lobby y volví a subir al piso 16. Al llegar a nuestro piso, ya el bicho se me había bajado. Regresé a mi escritorio diciéndome que este cabron se jodió conmigo, porque lo que viene es Troya.

Desde ese momento le monté un preseo y me hice cómplice de todas sus bromas. Me avisaba todos los días para que escuchara en “speaker” los quejidos de hembra en celo de la aspirante a italiana. No me regalaba flores, pero sí abrazos y apretones que siempre me marcaban. Y a cada rato, a solas, me tiraba besos y su acostumbrada guiñada.

Mientras en el almacén me contaba sus aventuras con alguna de las alborotadas de otros pisos, yo le preguntaba cuándo me ponía a mamar. Me contestaba que dejara de joder con él, que si me tiraba por la ventana, no lo metían preso, porque él estaba pensionado por loco.

Y asi se pasaba, parándome el bicho a cada rato. A esas alturas ya Carol lo conocía. A veces los dos nos poníamos a escuchar a Oscar cantando En mi Viejo San Juan en un español medio italiano. Carol y yo corriamos a la oficina de Administración a ver los chorros de la bellaca boricua con grandeza de italiana, muertos de la risa.

Un día Oscar me preguntó de nuevo que lo ayudara a subir más cajas. Esta vez me llevó al sótano de el edificio. Cuando abrió las puertas traseras de la guagua, sólo vi tres cajas. Se montó y se sentó sobre ellas, mientras se bajaba los pantalones.

Me dijo: “A ti te gusta joder conmigo, ¿verdad?” Me lo dijo agarrándose la pinga que ya la tenía bien encendía. Empezó a darle cantazos a la palma de su mano con esa maceta de macho chingón y me decía: “Ahora es que te voy a poner a mamar”.

Y me puso a mamar como a un becerro.

Según el diccionario de la Real Academia de El Bizcochito una PB es una individua straight que provoca a todos los machos con la única intención de pararles el bicho y dejarlos puyú. Estas Para Bichos son enloquecedoramente hermosas y lo saben. Andan por la vida, provocando con sólo ser.

Conocí a la primera PB de mi vida en mi trabajo anterior. Su nombre es Paula.

Paula, la que se enamoró, primero por mi voz. La que decepcioné por mi físico y por ser maricón. La que me volvió a amar, cuando escuchó mi alma.
 

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