Los PB

Según
el Diccionario de
Conocí
al primer PB de mi vida en mi trabajo anterior, donde también conocí a Carol y
más tarde a Paula. Que conste que Armando no cae en la categoría de los Para
Bichos porque él aún no sabe que es gay.
Su
nombre es Oscar. Era el “clerk” que repartía el correo, los “supplies” y los
materiales para nuestros trabajos de campo. La primera vez que vi este macho me
quedé con la boca abierta. Yo tenía en ese entonces como 32 años. Oscar rondaba
entre los
Caminaba
con un tumbaíto entre callejero y de buen chingón. El macho sabía que estaba
bueno. Tambien sabía que el mundo le pertenece a los que chingamos rico. Así
andaba por la oficina, provocando con sólo ser.
Estaba
casado y tenía cuatro hijos, todos ellos con sus ojos azules. Tenía a todas las
mujeres de la oficina y de las oficinas de los demás pisos, alborotadas. A una
le daba serenatas telefónicas todos los días cantándole en un falso italiano. A
otra le regalaba todas las mañanas una flor. A todas le daba su sonrisa coqueta
y su acostumbrada guiñada.
El
tipo era un jodedor. Te quemaba con lo que sea. Me leyó en nuestra primera
mirada y me quemó desde entonces, pero sólo entre él y yo. Yo le seguía la
corriente, como hay que hacer con todos los dementes. No tenía ninguna duda que
Oscar se metía de las verdes, colorás y amarillas, para controlar su
“disability”. Por algo estaba pensionado. Decía que era por un dedo, yo estaba
seguro que el tipo quedó medio tostao, pero sabrá Dios de qué guerra.
El
relajito empezó entre nosotros un día que lo ayudé a subir unas cajas de
materiales por el ascensor de carga. Ese tipo tenía los músculos pumpeaíto de
tantas cajas que movió y yo estaba contemplándolo bobito. Lo más seguro que
hasta me babié. En una que me cogió fuera de base me dijo que no jodiera con
él, que era capáz de treparme en esas cajas y partirme en dos de la clavá que
me iba a dar.
El
ascensor abrió. El salió con el “hand palet” lleno de cajas, como si nada,
tirándome una guiñadita. Yo subí hasta el piso 16. Bajé al lobby y volví a
subir al piso 16. Al llegar a nuestro piso, ya el bicho se me había bajado.
Regresé a mi escritorio diciéndome que este cabron se jodió conmigo, porque lo
que viene es Troya.
Desde
ese momento le monté un preseo y me hice cómplice de todas sus bromas. Me
avisaba todos los días para que escuchara en “speaker” los quejidos de hembra
en celo de la aspirante a italiana. No me regalaba flores, pero sí abrazos y
apretones que siempre me marcaban. Y a cada rato, a solas, me tiraba besos y su
acostumbrada guiñada.
Mientras
en el almacén me contaba sus aventuras con alguna de las alborotadas de otros
pisos, yo le preguntaba cuándo me ponía a mamar. Me contestaba que dejara de
joder con él, que si me tiraba por la ventana, no lo metían preso, porque él
estaba pensionado por loco.
Y asi
se pasaba, parándome el bicho a cada rato. A esas alturas ya Carol lo conocía.
A veces los dos nos poníamos a escuchar a Oscar cantando En mi Viejo San
Juan en un español medio italiano. Carol y yo corriamos a la oficina de
Administración a ver los chorros de la bellaca boricua con grandeza de
italiana, muertos de la risa.
Un día
Oscar me preguntó de nuevo que lo ayudara a subir más cajas. Esta vez me llevó
al sótano de el edificio. Cuando abrió las puertas traseras de la guagua, sólo
vi tres cajas. Se montó y se sentó sobre ellas, mientras se bajaba los
pantalones.
Me
dijo: “A ti te gusta joder conmigo, ¿verdad?” Me lo dijo agarrándose la pinga
que ya la tenía bien encendía. Empezó a darle cantazos a la palma de su mano
con esa maceta de macho chingón y me decía: “Ahora es que te voy a poner a
mamar”.
Y me
puso a mamar como a un becerro.
Según
el diccionario de
Conocí
a la primera PB de mi vida en mi trabajo anterior. Su nombre es Paula.







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