Garfio


Para alguien que no le gusta coger pinga, dónde sea que me meto hay un bravucón que jura que me lo va a  encajar. Debe ser la combinación de la estatura con lo machito que me veo que los hace fantasear que este bizcochito es un potrito fácil de maniobrar y rico de clavar.

Que pendejos. Caen como moscas. Cuando ven esta maceta de molleto y les digo siéntate, siéntate, no hay bravuconería que valga y se me sientan para maniobrar clavaditos sobre el bizcochito. Tengo la mala costumbre de nunca preguntar si los periquitos son top, bottom o versátil. Para qué, si a la larga  la mayoría se viran. Así que me llevo lo que realmente me gusta y después pregunto.

Una de las pocas veces que tuve que preguntar fué con el Anaconda. Asi le decíamos el grupo que se reunía todos los sábados en Tía María a Ismael, intrigados por el reguero de guevo que se le formaba en el pantalón. Pasaban los sábados y ninguno se atrevía a meterle mano, mientras hacíamos cálculos de cuánto debía medir esa bestia.

Uno de esos sábados y sin encomendarme a nadie, le pregunté a Ismael que cuánto tenía de bicho. El me dijo que tenía 12 pulgadas y que lo que le gustaba eran los chamaquitos como yo. Yo le dije que a mi no me gustaba que me lo metieran, pero que yo era como San Tomás, ver para creer.

Me citó a su casa y llegué. Me quité la ropa y me planté en esa cama a ver lo que venía. Era cierto. El Ismael tenía un tronco de bicho de 12 pulgadas que tras de grande era derechito y duro. Como una centella me levanté de esa cama, me vestí y me largué, mientras la Anaconda enfurecida, daba fuetazo a lo que agarraba. Yo solo fuí a ver.

No le dije a nadie sobre mi expedición, mientras los chicos de Tía María seguían haciendo cálculos y la Anaconda ignorándolos. De vez en cuando Ismael me preguntaba cuando regresaba a su casa.

Una de las tantas veces que no pregunté, fué una experiencia tan traumática, que lo poco que recuerdo es que me mamaron desde los pies hasta el culo y el horror de ver un tuquito por bicho. No recuerdo ni su nombre,  ni su cara ni donde lo conocí. Recuerdo que lo seguí en mi carro a un apartamento que tenía todas las luces encendidas. Tan pronto entré al apartamento, me llenó de besos mientras me llevaba a su cuarto y apagaba las luces.

Ya en la cama, en total oscuridad, el chico comenzó a lamerme los dedos de los pies, la rodilla, los muslos, la cintura, las tetillas, no dejó un pedazo de mi cuerpo sin lamber. Luego de darme una mamada de culo cabrona, como que empiezaa levantarme las piernas y yo como quien no quiere la cosa, enciendo la lámpara de la mesa de noche y veo ese supercalifragilisticoespialidosamente minúsculo bichito que se me quitó la bellaquera ipso facto.

Lo más traumático no fué ver esa migaja de carne que medía menos de una pulgada, fué que el carifresco pretendiera ser mas top que yo y quisiera clavarme. A la verdad que mientras más cercana la cabeza a las bolas, más cerrero son los machos.

Pero como todos los superhéroes tengo mi debilidad. La descubrí hace poco.

Tenía la teoría que la forma del bicho estaba condicionada con la forma que el macho se  masturbaba. Si tenias el bicho derecho es que no te la jalabas muy a menudo.Si lo tenías con la curvita hacia arriba es que te masturbaba agitando la mano hacia arriba y así sucesivamente. Hasta que vi este aparato de 8 pulgadas con forma de garfio y se me fué la teoría pal carajo. Por más malabarismo que hice no hay manera posible que esa deformidad sea causada por el puñeteo.

No sé si es un fetichismo, pero cuando vi ese garfio, perdí los estribos. Descubrí mi kriptonita. Sé que voy a terminar encajao, volando como Peter Pan, porque tarde o temprano todos nos viramos.

 

What did you think of this article?




Trackbacks
  • No trackbacks exist for this post.
Comments
  • No comments exist for this post.
Leave a comment

Submitted comments are subject to moderation before being displayed.

 Name

 Email (will not be published)

 Website

Your comment is 0 characters limited to 3000 characters.