Mi pequeño saltamontes

Carol siempre se mofa de mí cuando le digo que yo la hice mujer. No es que yo sea bisexual y me la haya clavado, pero cuando este pequeño saltamontes cayó en mis manos, era un caíyo silvestre y salvaje que ni sabía el chiste de las ocho chalindas.
No es que era boba
Un buen día, un grupo de supervisores de diferentes departamentos de la empresa que trabajaba en ese momento, tuvimos que dar unos exámenes en Loíza para reclutar personal para una operación de campo.
Salimos una caravana de carros, entre ellos el jeep acabado de comprar por Carol, siguiendo a una pendeja compañera de trabajo que nos dijo que sabía como llegar al lugar del exámen. No sé en que semáforo fué, la muy pendeja hijadelagranputa supervisora del área Este, que supuestamente sabía donde era, se percató que se había pasado de la entrada del pueblo. Ha hecho un corte de pastelillo desde el extremo derecho del expreso hasta el solo de la izquierda invadiendo como una demente tres carriles, mientras la seguíamos en fila de carritos locos desorientados.
Cuando llegamos milagrosamente a la plaza del pueblo, al bajarme de mi carro, le dije de culo para abajo. A la pendeja supervisora le dió un ataque de risas y llantos, que le duró hasta que Carol, luego de asegurarse que no tenía ni un rasguño su jeep nuevecito, que tenía todavía puestos los plásticos de los asientos, la jartó a bofetadas.
Así conocí a Carol, en medio del revolú que se formó esa mañana en Loíza.
Siguieron más operaciones de campo y muchos más revoluces, mientras mi amistad con Carol sacaba los plásticos que tenían puestos nuestros miedos, complejos, dudas y sueños.
He tenido varios pequeños saltamontes en mi vida, pero con Carol aprendí a definir como yo quería que fueran mis nuevas amistades. Después de Carol, ya no acepto a ningún amigo que no sea honesto conmigo.
Hoy día, el caíyo silvestre se acaba de graduar de su maestría en criminología, gana más chavos que yo como asistente legal en Florida, tiene dos apartamentos, uno en Miami y otro en Puerto Rico, mientras le saca el jugo al abogado de Coco Plum y al chamaquito de Amelia. Como yo, no piensa casarse, y si lo hace, se casa sólo conmigo.
Carol sería la esposa perfecta. Todavia nos meamos de la risa cuando nos acordamos del día que fué a recogerme en los baños de Fort Lauderdale. El guardia de seguridad del parking fué a donde ella que me esperaba en su jeep, que todavía lo tiene. El guardia le preguntó, intrigado, si ella sabía que eso un club privado para hombres. Carol le puso una cara de esposa desquiciada encuerná y le dijo que sí, que ella lo sabía. El guardia salió disparao como perro chingo que le han pegao dos perdigones, mientras yo me montaba en el jeep jartito de culos.
Mi pequeño saltamontes.







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