Té de mi palo

Recuerdo que cuando más joven sentía una atracción brutal hacia los hombres mayores que yo. Claro, estos doncitos tenían que llenar ciertos requisitos. Entre estos requisitos la más importante era no pasar de 32 de cintura. Hoy sigue siendo igual de importante porque en Puerto Rico hay un problema bien grave de obesidad. No hay break, porque para mí, una buena cintura es reflejo de buena salud y mejor cuidado.
Exijo lo que doy y aquí hay una cinturita de 28. Una buena cintura generalmente significaba que había también un buen pecho y mejores espaldas. No es que me guste los body builders, esos engendros se los dejo a Robles que le encanta, pero esa mezcla de doncito con molleritos como que me ponía maaaaaalo. No hay nada como recostarse sobre un pecho fuerte que resiste el abate de lo que venga.
Otro requisito era que debería ser un madurito interesante. El cuento de que el hombre mayor era mucho más maduro e interesante, con el tiempo aprendí que era eso, un cuento. La madurez ni es una cualidad ni un atributo, realmente ni existe.
Lo que confundimos con madurez son las herramientas que tenemos en algunos momentos dados para manejar ciertas situaciones adecuadamente y en control. Pero pon al viejito con un bizcochito y tendrás a un psicópata descontrolado que usará cualquier herramienta para acosarte y perseguirte para adecuadamente asegurarse que tiene todo manejado. Si quieres algo maduro, búscate una fruta y cómetela antes que se pudra.
Lo de interesante, a medida que me acercaba en edad a lo que me gustaba, me dejó de interesar. ¿Esto era lo que tanto me atraía?
De todos los doncitos, el pecho más fuerte era el de George, un fuck buddy que conocí en Gay.Com cuando quemaba fiebre con mi computadora del 98. Recuerdo nítidamente la primera vez que lo vi, cuando él iba para su gimnasio, que por esas casualidades de la vida, descubrimos que estaba en el mismo edifico donde yo trabajaba. Nos citamos para un reconocimiento general, yo en el lobby con Carol ajena a todo y él, camino a su rutina de ejercicios. Luego del reconocimiento vino la cita con sexo incluido.
Durante años tuvimos encuentros sexuales con largas separaciones donde hubo otros doncitos. También hubo otras conquistas más cercanas a mi edad. Cuando George se enteró que estaba saliendo con Antonio, entró en un estado de paranoia, y ante el temor de perderme, me confesó que me amaba.
Entré en un estado de letargo, alejando a Antonio y hasta a Robles, mientras George me bañaba con sales aromáticas. Observaba como George rejuvenecía gracias al maceteo que le daba. Le tuve que enseñar que me aguantara dos polvos seguidos. Me servía salmón, camarones y broschutto mientras yo lo jartaba de té de mi palo.
Esta milagrosa maceta de propiedades curativas, que cura el mal de amores y apacigua a los celosos paranoicos. Entre arreglos de flores, más sales y los planes de cómo seríamos enterrados, desperté del letargo.
Ha pasado varios meses y aunque ya no me interesan los hombres mayores que yo, extraño a George. Extraño los baños de sales, las flores, el broschutto con el salmón y los camarones, la cintura de 32 y la curvatura de su espalda baja. Estoy seguro que ha envejecido porque le falta el té de mi palo.







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