
El Licenciado me miró fijamente. Me pidió que no llorara más por Armando. También que jamás me volviera a tener pena.
Ví salir de pronto un hombre de su cuarto. Debía ser uno de los tipos casados. Esperaba un tipo partío, de esos hombres finos, bien afeminados. Pero no. Era un hombrazo, algo llenito, pero todo un macho. Guapo, aunque algo desaliñado. El Licenciado me lo presentó como Tony. Creo que yo también lo sorprendí.
Fuimos luego al cuarto, donde nos esperaba en la cama sin camisa, el otro hombre casado. Sentí el olor a yerba y a bicho. Seguramente, éste ya estaba mamándole el huevo al otro. Éste otro tipo me pareció menos varonil, y no tan guapo como el primero que conocí. Era más atrevido. Se me presentó. Me dijo que se llamaba Samuel, agarrando mi bicho y diciéndole al Licenciado que tenía razón.
El Licenciado comenzó a besarme, mientras Samuel me desnudaba buscando mi maceta. Yo buscaba a Tony, lo veía nervioso, mientras se desnudaba sólo. Me sorprendió su maceta. Mongo, ese animal medía como siete pulgadas.
Era obvio que estos tres habian bregado juntos anteriormente. Yo observaba cada uno, como si en lugar de ser el protagonista, fuese un simple espectador. Nada de lo que estaba viviendo tenía sentido. No tenía sentido que El Licenciado comenzara a compartirme con otros machos. No tenía sentido que ese tipo casado me mamara el bicho con la locura que lo hacía. No tenía sentido que me gustara tanto ese macho que se desnudó solo y se plantó en esa cama arrebatao.
El Licenciado le agarró la maceta monga de Tony y me pidió que se lo mamara. Reaccioné con un súbito no, mientras Samuel, ya completamente desnudo, se puso en cuatro para mamar el bicho que yo rechacé y ofrecerme su culo.
Entre las cosas que El Licenciado me enseñó fueron todos los tipos de lubricantes y condones. Tenía una colección de dildos cabrona y el más grande que se metía, debia medir por lo menos como quince pulgadas. Le lubricó el culo a Samuel y con mi condón ultrasensitivo lo clavé, mientras seguía mamando desesperado, tratando de pararle el bicho a Tony.
Tenía mi maceta como el chamaquito que era, como cemento, y me maceteé ese mamón sin pena, sin sentido, mientras me besaba como un loco con Tony, que nunca dejó de estar nervioso.
Me clavé también al Licenciado y le dí más pinga de cemento a Samuel. Luego de ese reguero de bichos, El Licenciado me pidió que llevara a Tony a su casa. Ya para ese tiempo había comprado mi primer carro de paquete.
En el camino, Tony me dijo que me desviara. Me guió hacia un sitio. Cuando llegamos al lugar, se bajó un momento y al regresar, seguimos para su casa. Lo dejé en la esquina, con la duda de si regresaría a su esposa y a sus hijos o si se quedaría en la calle para meterse lo que compró.

El Tico pasó toda la semana enviando mensajes de amor en el beeper. Uno de esos mensajes fué una invitación a Tía María para el sábado en la noche.
Tía María estaba lleno con cojones. A veces me pregunto de dónde salen tantos maricones. Cada véz que veía al macho de Costa Rica me sorprendía más de lo guapo que era. Qué lástima que el lunes se iba.
Ese macho se volvía loco cuando me veía. Me abrazaba como un oso y me llenaba de besos. Esa noche me presentó finalmente su hermano, un costarricense que llevaba como diez años viviendo en Puerto Rico. Bastante guapo, pero nada que ver con mi Tico varonil y sabroso.
Junto al hermano estaba otro puertorriqueño que por esas casualidades de la vida, también yo le había enseñado lo que era maceta. Desde que llegué, estaban en un traqueteo de cuchicheos, mientras el Tico me traía tragos y me apretaba la cintura con sus manos, mordiéndome el cuello.
Quedé bruto cuando el hermano me invitó a su casa con la aprobación del Tico y la mirada lujuriosa del puertorriqueño que ya había probado de mi maceta. Puñeta, eso sí era algo nuevo, una orgía con dos hermanos. Dije que sí.
Llegamos a la casa y fuimos directo al cuarto del hermano del Tico. Cada uno iba quitándose una pieza de ropa, todos menos el Tico, que en un momento dado montó su cara de perro en el filo de la cama. No sé en qué momento cambió de idea, o si realmente sabía la verdadera intención de la invitación, pero ya casi desnudo y con mi maceta bien encendía, el Tico me agarró por el brazo y me sacó de esa cama de un jalón.
Me llevó a otro cuarto mientras me decía que no me iba a compartir con su hermano. Me tiró en otra cama, me acabó de quitar el calzoncillo, le dió lengua al roto de mi culo y me penetró con toda la violencia de un macho encabronao por los celos. Ese cabrón tenía una buena maceta y me estuvo maceteando hasta que se calmó.
Me viró boca arriba y comenzó a besarme todo el cuerpo. Cuando vió como me latía el bicho, cómo se movía mi maceta en palpitaciones incontrolables por lo bellaco que yo estaba, lo agarró y se sentó en él.
Es esa pelea de gallos, no sé quién ganó. Al otro día, El Tico me pidió que durmiera con él en su última noche en Puerto Rico. Me quedé con El Tico toda esa noche, sanando nuestras heridas con besos y abrazos.
Me dió su dirección en Costa Rica y su teléfono. Me pidió que lo visitara. Me regaló un brazalete de plata con su nombre inscrito.
Aún no he ido a Costa Rica. El brazalete con su nombre inscrito, lo perdí en la mudanza de seis meses del matadero. Con el tiempo olvidé el nombre del Tico. Sólo lo recuerdo con el cariñito que me dijo que le decían a los costarricenses.
Tico.

Nos levantamos asustados. ¿Qué carajos hacía mi familia ya en mi casa? Miré el reloj, eran las diez de la mañana. Le dije al Tico que se quedara quieto, que por nada del mundo abriera la puerta.
Me vestí, porque dormimos completamente desnudos. Busqué mi llavero y cerré la puerta de mi cuarto, que parecía más un estudio. Saludé a Mami y le pregunté que hacian todos tan temprano allí. A Mami le extrañó que estuviera todavía durmiendo y me preguntó si había salido en la noche. Le dije que sí y me repitió su eterna cantaleta de que la calle es un peligro.
Me dijo que vinieron a buscarme porque iban a llevar a los nenes al parque. Tenía que buscar la manera de sacar a toda mi familia para poder huir con el macho que tenía encerrado en mi cuarto. Le pedí que se fueran al parque primero que yo, que los alcanzaría después de bañarme. No sé cuál de mis ángeles me ayudó, pero todos siguieron su camino al Parque Luis Muñoz Marín.
Busqué al Tico, le dije que había logrado sacar a mi familia de mi casa, que se vistiera, que lo iba a llevar a la casa de su hermano. Tuve la leche que el hermano vive por Río Piedras y sin mucho contratiempos, le devolví el paquete. Al despedirnos, El Tico me preguntó qué haría esa noche y me invitó a encontranos en Juniors.
El antiguo Juniors, era una de las barras gays más incómodas que había visitado. Me daba terror porque la puerta principal siempre permanecía cerrada y me imaginaba que en un fuego todos terminaríamos como patos a la mangonesa. No sé, pero los lugares gays siempre son los extremos, o es muy barra de mala muerte o muy discoteca fancy.
Esa noche de ese domingo familiar, me encontré de nuevo con El Tico. Nos abrazamos y nos besamos, riéndonos como dementes, por lo que nos pasó en la mañana. Me dijo que se podía escapar como por par de horas, que su hermano lo iba a recoger a las doce. Le dije que estaba sólo otra vez en mi casa, pero que ya no podía comerme el culo porque me dolía. También le dije que si quería repetir conmigo era para yo comerle el culo. Me pidió que lo dejara pensar.
Dió una vuelta por Juniors y regresó de nuevo, como siempre a mí. Me dijo al oído “Llévame”.
Tenía otra vez a ese macho de Costa Rica en mi cama, ésta vez completamente sumiso. Lo desnudé lentamente para disfrutarme cada músculo lleno de poros que sudaban néctares de hombría. Su piel trigueña como madera de selva centroamericana me embriagaba de tragos gratis de éxtasis. Me dió todo su cuerpo, sobretodo su culo de macho.
Me vengué de su rabia y le enseñé que pija era maceta en Puerto Rico.
El fin de semana siguiente nos reencontramos. Nunca olvidaré el coraje que tenía ese macho cuando me sacó de la cama de su hermano.
Todos lo miraban arrebatados por su hombría. El macho de Costa Rica tenía a mis panas bellacos. Le cayeron como buitres, en una carrera frenética para ver quién era el primero que se lo llevaba.
Desde nuestra primera mirada supe que esa carrera la ganaba yo. Los dejé que lo intentaran, mientras yo ganaba tiempo buscando par de tragos gratis. Lo ignoraba, con la seguridad que llegaría a mí.
En el medio de Tía María, por las máquinas de juegos, me planté a esperar, solito con mi trago, riéndome de mis panas, porque no se daban cuenta que el macho de Costa Rica poco a poco se acercaba a mí.
Y llegó a mí. Me preguntó mi nombre. Yo le pregunté el suyo. Terminé mi trago y le dije que lo esperaba afuera, que tenía cinco minutos para llegar de nuevo a mí.
En la acera, frente de la entrada de Tía María, lo esperé. El macho de Costa Rica apareció con toda su hombría. Me dijo que estaba de vacaciones en Puerto Rico, que se estaba quedando con su hermano, que tambien era gay. Le dije que tenía que llamar a mi casa para asegurarme que estaría solo esa noche y que le dijera a su hermano que se iba conmigo.
Antes de comprar el matadero tenía que hacer malabarismo entre moteles, el apartamento del Licenciado y mi casa en Hato Rey, cuando mis padres se quedaban con mi hermana quemando fiebre de abuelos nuevos.
Esa noche tenía la casa para mí solito y me llevé al macho de Costa Rica para mi cuarto. Me dijo que tenía pareja en su país y me enseñó que bicho era pija en Costa Rica.
No sé si fueron los tragos gratis, o lo rico que estaba ese macho, pero por mi mala costumbre de no estar preguntando, me estuvo dando pija toda la noche. Ha sido de las pocas veces que realmente disfruté que me clavaran. Me sorprendí de mi mismo por el maceteo que le aguanté.
Nunca olvidaré la imagen de cómo ese macho de Costa Rica tenía mis piernas trepadas en su espalda, levantándome el culo lo más que podía, para comérselo con toda la rabia con que se lo comió.
Nos quedamos dormidos. Nos levantó el ruido que hizo toda mi familia cuando llegaron a la casa.

No me sentí culpable. Sabía que tarde o temprano sucedería. Las mamadas de pinga con mi primo Luis eran ya un recuerdo lejano. La última vez que nos vimos en la boda de mi hermano, el cabroncito no quiso escaparse conmigo a recordar nuestros juegos de niños.
Cada paso del Licenciado fué una trampa que yo permitía, porque quería ser atrapado. Me halagaba cómo me buscaba en el Supermercado. De la misma forma que me buscaba Armando. Muchas veces, sin que él lo supiera, ví a Armando buscando mi tarjeta de ponchar para saber si yo estaba trabajando.
Siempre buscaba un rato para hablar conmigo, hasta el punto que nuestros jefes nos regañaban por estar perdiendo el tiempo.
No me sentí culpable. A pesar del llanto de Armando, de sus primeras ausencias y de mis llantos. Lloré cuando me dejó de hablar por primera vez, lloré cuando sentí su primera mirada de rabia hacia mí, lloré cuando por primera vez no me invitó a visitar a su abuela en el campo.
¿Porqué lloraba? ¿Porqué tanto dolor si él ya no quería que yo pidiera la bendición allá en el campo? ¿Porqué tanto temor a su mirada de odio? ¿Porque me sentía tan perdido con su silencio?
No me sentí culpable. Las tardes que Armando dejó de verme, el Licenciado me buscaba para otras trampas que también me dejaba atrapar.
Una de esas tantas tardes le pedí a Armando, que por favor me fuera a ver. No llegó. El Licenciado me llamó porque me había conectado a dos de sus amigos casados y quería verme chingándomelos. Llegué a su apartamento lleno de lágrimas y le dije: “Creo que es amor”.
Paula
siempre me pregunta por mi Brad Pitt. Quedó bruta y sin idea cuando se lo
presenté. Me dijo que se iba a montar en su cafetera para tirarse por un
barranco. No lo podía creer.
Conocí
a mi Brad Pitt precisamente en Tía María. Esa noche me rankeé. Recuerdo que
estaba con un grupo de panas, entre ellos un excompañero de trabajo que siempre
he sentido que compite conmigo. Es de lo más guapo el nene, pero bicho como él
sólo.
Pues
esa noche estaba con mi grupito de siempre, jodiendo alrededor de las mesas de
billar. Cerca de las nueve de la noche llegó este macho americano idéntico al
Brad Pitt de Thelma & Louise. Tía María se paralizó, creo que
hasta la vellonera dejó de sonar.
El
tipo entró mirando lo que había. Recuerdo que mi excompañero de trabajo dió
ojos, cara, pelo y se le plantó en el medio. El tipo simplemente se sonrió con
él y al seguir caminando, se fijó en mí. Desde ese momento no me quitó la
mirada de encima. Era como si yo fuera el único que existía en Tía María.
Me
puse bien pendejo. No sabía qué hacer. Yo creo que se dió cuenta, porque buscó
la forma de acercarse y tan pronto estuvo a mi lado me preguntó mi nombre. No
recuerdo la conversación que tuvimos porque lo único que yo pensaba era que
todos esos maricones paralizados me iban a linchar.
No me
gustan que me vean salir de un sitio con un macho. Uno no debe quemarse en los
sitios. Pero esa noche me dí el gustazo de salir de Tia María con el doble de
Brad Pitt, que de ahora en adelante lo identificaré con su nombre, Frank. Frank
me invitó a su habitación en Atlantic Beach.
Hasta
esa noche, nunca había subido a las habitaciones de Atlantic. Subimos y le pedí
si me dejaba bañar, porque Tía María te deja con una jodía peste de cigarrillos
cabrona. Se metió conmigo en la ducha y desde entonces no me dejó de besar.
Acabaditos
de bañar nos metimos en la cama. Frank fué bien oral conmigo. Descubrimos en la
cama que ambos éramos tops. Entre besos hicimos un acuerdo de disfrutarnos
plenamente sin que ninguno penetrara al otro. También descubrí en la cama que
la razón que llegó a ese acuerdo conmigo, era porque no podía sostener una
erección por mucho tiempo.
Frank
y yo repetimos en muchas ocasiones, cada vez que su trabajo lo traía a Puerto
Rico. En una de esas ocasiones almorzamos en la cafetería donde Paula y yo
desayunábamos todos los días. Se lo presenté a Paula, para que me respetara.
Antes
de mi viaje a Italia me encontré con Robles en Atlantic. Al poco rato vi entrar
a Frank con un grupo de amistades. Se fijó en mí, pero no me reconoció. Noté
que andaba con su pareja.
Al poco rato ví que iba para el baño y lo seguí. Sólos en el baño se sonrió conmigo, aún sin reconocerme. Me sonreí con él.
-”Definitivamente
no te acuerdas de mí”- le dije.
-”¿Nos
conocemos?”- me contestó Frank, mirándome fijamente intrigado.
-”¿Te
llamas Frank?” le pregunté. Me dijo que sí y molesto le dije que nos
conocíamos. - “Soy Johnny”.
“Johnny”-
repitió reconociéndome. Le pregunté si realmente se acordaba de mí.
“Sí,
me acuerdo de tí.”- me dijo buscando mi maceta. -” Te conocí una noche en Tía
María, y fuí directo a donde tí. Nos fuimos juntos para mi habitación.”
También
me dijo que me veía bien distinto, que había echado cuerpo y con la cabeza
rapada, jamás me iba a reconocer. Que me veía muy bien y me preguntó apenado
como yo lo encontraba a él. Le dije igual, pero más viejo. Me dijo que acababa
de cumplir los 46. Nos despedimos agarrándonos los bichos que nunca nos
metimos.
Frank
pasó toda la noche mirándome.

Uno de
mis deportes favoritos es el tenis. En todos mis recuerdos desde mi niñez,
siempre está presente una raqueta de tenis. Mis primeras raquetas fueron unas Wilson
de madera con la firma de Jimmy Connors. Las recuerdo muy bien, porque de vez
en cuando, Mami me daba unas pelas con la primera que agarraba.
Creo
que algo que han tenido en común la mayoría de mis panas es que jugamos tenis.
Todos excepto Robles y Armando. A Robles las raquetas que le interesan son las
que tienen un grip de por lo menos 8 pulgadas y Armando no había
manera que él le diera a las bolas.
Desde
que era un chamaquito me iba en guagua al Parque Central de San Juan a jugar
tenis casi todos los fines de semana. Lo irónico es que desde que tuve mi
primer carro, las visitas al Parque fueron menos frecuentes. Hoy día casi no
juego tenis. Mis pocas visitas al Parque Central ahora son para llevar a uno de
mis sobrinos a practicar el juego.
Todos
mis panas gays me han hecho unas clases de cuentos de cosas que le han pasado
en el Parque. Siempre quedo bruto, porque las cosas sexuales en lugares
públicos para mí es un turn off cabrón. Además, al Parque Central yo
voy simplemente a jugar tenis. Y no se crean que son solamente los gays que me
han hecho estos cuentitos.
Con la
fiebre de jogging que le dió a este pais hace años atrás, también vino
una fiebre de meter cuernos, que se originaron todos en el dichoso Parque
Central. Así que mis mujeres engañadas, si tu maridito te vino con este cuentito,
te aseguro que eres una cabrona deportista.
No
recuerdo bien si ese día estaba en el Parque con Mami y mi sobrino, estoy casi
seguro que sí. Era un día de semana que estaba de vacaciones de hace par de
veranos atrás. En un momento que fuí al baño, noté que un tipo me seguía.
El
Parque Central ha cambiado notablemente desde mis días que me montaba en
Cuando
llegué al baño me encontré con un tipo guapísimo que las pocas veces que lo
había visto anteriormente había sido en Tía María. Me ponía grave, porque me
parecía bien macharrán. Creo que cuando me vió me reconoció y que se le paró el
bicho. Fué algo instantáneo, sin palabras. Mi reacción inmediata fué acercarme
a él, que se estaba lavando las manos. Nos miramos fijamente y cuando iba
agarrarme el bicho, entró al baño el tipo que me estaba persiguiendo. Me dió la
impresión que se conocían.
El
tipo que entró fué directo a una de las duchas que tienen puerta y nos invitó a
entrar. No sé cómo me dejé arrastrar, pero tenía a esos dos machos mamándome el
bicho en una de las duchas de los baños del Parque Central. Estaba tan nervioso
que empecé a buscar la manera de salir de allí. Me decepcionó el macharrán que
siempre había visto en Tía María. No tenía necesidad de hacer eso y tenía una
mierda de bicho.
Les quité
el bicho de las bocas a los dos y sin decir nada me fuí de ese baño. Los ví
salir también, me imagino que buscando otros bichos.
Regresé
al Parque Central unos meses depués a buscar una solicitud para unas clases de
tenis para mi sobrino. Ese día me tiré a un tipo casado, que estaba en el
Parque tomando fotos.

Hacía
tiempo que no veía al Licenciado. Las visitas a su apartamento se iban
disminuyendo a medida que me clavaba a todos sus amigos.
Hacía
tiempo que el estudiante había superado al maestro. Usaba su apartamento de
motel, cuando aún no había comprado el matadero. Allí llevé a los machos que me
conectaba por Internet o en la calle. A veces lo dejaba mirar, sorprendido por
mis presas de caza.
Hacía
tiempo que no le hablaba de Armando al Licenciado. El me enseñó a nunca volver
a tener pena de mí mismo. Por nadie. Me endureció y recibió de mí, el más
despiadado rechazo.
Hacía
tiempo que no tenía sexo con él. Ya no me gustaba. Me buscaba para pedirme que
sólo fuera a su apartamento a abrazarlo. Muchas de estas veces, terminaba
clavándolo porque ahora la pena era hacia él.
Hacía
tiempo que no lo llamaba. Desesperado se atrevía a llamar a mi casa para sólo
oir mi voz. Siempre terminaba cantándome un bolero.
Hacía
tiempo que le negaba mi presencia. Ese día estuvo presente en mis pensamientos,
lo veía en todas partes y lo confundí con mi sombra.
Esa
noche lo llamé. Me contestó su ama de llaves y me dijo llorando que el
Licenciado iba camino al hospital, porque había sufrido un derrame cerebral.

Uno de
los machos mas espectaculares que me he tirado en los baños de Fort Lauderdale
fué un colombiano que parecía un galán de telenovelas venezolanas. Lo tenía
todo, pelo, cara, ojos, boca, cuerpo, menos estatura. Era un poquito más alto
que yo.
Era
bello de verdad. Creo que se llamaba Daniel. Yo estaba dando la ronda con
Robles, jodiendo con un viejo que tenía unas bolas que le llegaba hasta el
piso. Sólo espero que si llego a tener las bolas así, yo esté en Atlantis con
dos enfermeros recogiéndomelas.
Dando
la ronda me tropecé de frente con este galán blanquito con una sonrisa brutal.
Cuando Robles vió la jugada, me dejó sólo con él.
Me
dijo “Hola” y me preguntó mi nombre, en un acento colombiano brutal. Le dije
que Johnny y le pregunté de qué pais era, para estar seguro. Me dijo que vivía
en Miami, pero que era de Colombia. Luego me preguntó lo mismo. Le dije que
estaba en Miami de vacaciones, y que “soy de Puerto Rico”.
Me
contestó con un coqueto Boricua. Me reí y le pregunté si quería acompañarme a
mi cuarto. Me dijo que sí, mi Boricua Rico.
Me
quité mi toalla y el macho seguía repitiendo mi Boricua Rico, mientras se
quitaba la suya. Nos tiramos a la cama agarrados, desnudos, besándonos como
locos. Su piel era suave como la mía, completamente lampiño. Yo tenía mas bicho
que él, pero el suyo era derechito.
Me
lamió todo el cuerpo. Parecía que realmente me quería comer. Se tragó el bicho
mío completo. Luego me levantó las piernas y me mamó el culo bien cabrón.
Quería metérmelo, y me dió por reirme porque parecía un chihuahua desesperado.
Lo
dejé que jugara con mi culo. Me metía la puntita del bicho. Lo tenía loco.
Traté de jugar con su culito, pero no se dejó. Definitamente éste quería
partirme en dos.
Realmente
no me gusta que me claven. No me considero versátil. Lo he hecho. Generalmente
han sido machos que a la clara había que hacerlo.
La
primera vez fué con un macho que me conecté en la calle en la casa de un
panita. Lo llevé al apartamento del Licenciado. Ese hijeputa me dejó el culo
hecho una chocha, con el Licenciado de testigo. Eso es un macho, que domina a
otro y lo deja esbaratao. De la experiencia aprendí como se jode un culo de
verdad.
Tenía
a Daniel sobre mí, con la punta de su bicho en mi culo, rogándome que se lo
diera. Puñeta, que se joda, que se lo goce, mi Colombiano Rico.

Crazy BiGuy: q ahi papi
Johnny Boy: ea papa
Johnny Boy: como
estas?
Crazy BiGuy:
todo bn y tu pa
Johnny Boy:
bien, pasé casi todo el fin de semana aqui tranquilito
Johnny Boy:
digo, el viernes jarté al animal con dos culitos haha
Crazy BiGuy: y
cuando el mio
Johnny Boy:
estoy loco por hacerlo desde que te ví en la disco con tu amiga
Johnny Boy: él
de por la mañana era un chamaco de la upr que tenia en el msn y él de la noche
un arabe americano que conoci el miércoles en Eros
Crazy BiGuy: pon
tu CAM pa verte
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Crazy BiGuy:
mmmmmmmmmm
Crazy BiGuy: yo
quiero ese huevo Puñetaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Johnny Boy:
estoy loco por macetearte
Crazy BiGuy: y
yo por mamartelo y lambertelo
Johnny Boy: papa
tienes que haber visto como me macetee al chamaco de la upr
Johnny Boy:
supuestamente top
Crazy BiGuy: q
le hcistes dime
Johnny Boy: papa
le di bicho
Johnny Boy: lo
puse a mamar
Johnny Boy: me
mamó el bicho las bolas y el culo
Crazy BiGuy: eso
quiero hacerte yo
Crazy BiGuy: yo
soy muy bueno en eso
Johnny Boy:
papa, primero me lo clave sentadito en este bicho
Crazy BiGuy: y q
mas cabrón
Crazy BiGuy:
sigue papi
Crazy BiGuy:
mientras te tocas hablame
Crazy BiGuy:
ojala estuviese ahi papi
Johnny Boy: lo
coji luego con las piernas en mis hombros
Johnny Boy: le
di maceta hasta que me vine
Johnny Boy: me
cambie el condom y ahi fue que le di de verdad
Crazy BiGuy:
como q le distes de verdad
Johnny Boy: papa
ese bicho se me puso despues como cemento
Johnny Boy: lo
puse como me dio la gana
Johnny Boy: le
hice hasta los push-up
Crazy BiGuy: y
él como estaba?
Johnny Boy: que
se reía solo
Johnny Boy: me
decia que yo chingaba bien hijeputa
Johnny Boy:
luego me llevó al baño y me bañó
Crazy BiGuy: y a
mi como me vas hacer
Crazy BiGuy:
ponme bn bellako papi mas de lo que estoy
Johnny Boy: a ti
quiero ponerte que de tan solo rozarte el bicho, entrartelo
Johnny Boy: que
ese animal conozca el camino solito
Crazy BiGuy: q
ricooooooooo
Crazy BiGuy:
acho me encantaria
Johnny Boy: papa
no se que tiene esta maceta
Crazy BiGuy: q
me pone mal
Johnny Boy: pero
estos machos quedan bien malos conmigo
Crazy BiGuy: ya
veo
Johnny Boy: debe
ser que soy un bellako malo
Crazy BiGuy: sip
yo tambn papi bn cabron
Crazy BiGuy:
macho me tienes bien bellaco, ven
Johnny Boy:
quieres que llegue para allá? no estas estudiando?
Crazy BiGuy: si,
pero ven
Crazy BiGuy: mi
abuela está pero es como no tenerla aqui
Johnny Boy: llamame
Crazy BiGuy: dame #
Johnny Boy: (787) ***-****
Johnny Boy: Arranco pa
Crazy BiGuy: Te espero